Aló, Galaxia

Es lamentable que este blog, el cual ha cumplido más de 3 años en la red, no lo podamos abrir cuando lo deseamos. No sé cuál es el problema. Por eso he buscado otro sitio, a la espera que lo compongan, si es que va por ahí la falla. Si ocurriera, sería una bendición retomarlo.

Ahora mi nueva dirección es:

 http://alo-galaxia.blogspot.com/

Gracias, Blogia y lectores por la comprensión.

Martes, 02 de Junio de 2009 02:58. Autor: Taller de Harold Durand. #. Hay 1 comentario.

Escritos del Huerto [ El ojo de Dios* ]

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Proverbios 15:3: Los ojos de Jehová están en todo lugar, Mirando a los malos y a los buenos.

A esta hora cuando la vieja Luna no se muestra, cierta gente dice que un ojo vigila la noche y que si no está allá arriba entre las galaxias, está aquí en el suelo del Huerto, en la calle, por debajo del cemento o de las piedras, entre las raicillas, pisoteado y ofendido de salivazos, sucio de polvo y basura de los que se libra con un par de parpadeos falaces, gracias a su pupila fuerte, fija y giratoria, de tal forma que cuando duerme, no duerme, aunque despierto parece despierto, pupila de animal de estepa que contempla en el añil profundo las migraciones de las almas encaminadas a un lejano hemisferio astronómico, mirabel de agua que se turba de luz umbrosa en noche de luna menguante, sin ponerse triste ni melancólico, sencillamente una mirada que en pleamar se nos cuela en los sueños y nos levanta los párpados para espiar en el dormitorio, ojo siempre atento al paso de los relojes [ esos inútiles artefactos que no marcan más que el paso de los punteros ] sólo para no ser sorprendido por la campanilla que despierta a los dormidos que flotan en el agua de las sábanas, así que a una hora prudente se deja arrastrar por la resaca hacia su madriguera, cuenca compuesta de todas las cuencas, causa de que nadie lo ha visto, salvo el sonámbulo que ha vuelto murmurando la voz de la sombra y nos lo narra cuando al fin repliega los párpados, mirándonos abiertamente como si fuera un pálido calamar caído del oscuro cielo.

 

 

 

23 de abril de 2009. Santa Cruz

 

 

* Acababa de escribir el texto y de titularlo, cuando buscaba en Internet averiguar si algún otro escrito o cosa tuviera ese nombre, hallando muchos, di con esta noticia que, según se cuenta, ha dado la vuelta al mundo en pocos días. Dice así: «Hace poco descubrieron un calamar gigante con una longitud de 8 metros y que pesaba unos 500 kilos. Los expertos dicen que dicha especie de calamares (Mesonychoteuthis hamiltoni) puede llegar a los 14 metros de largo. Lo sorprendente de este caso es que cuando midieron el ojo de esta criatura, resultó de unas proporciones gigantescas: 11 pulgadas (28 centímetros) de diámetro».

Se podrán imaginar el impacto emocional que me causó. Fue asombroso, estremecedor.

Viernes, 24 de Abril de 2009 07:18. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Escritos del Huerto [ Vero Icono ]

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Signor mio Gèsu Cristo Dio verace
Or fu sì fatta la sembianza vostra?

Canto XXXI, Paradiso, La Divina Commedia

 

Este mes no he visto la Luna en su plenitud. Cuando la hallé el Viernes Santo entre las ramas de los olmos, ya era tarde, comenzaba a perder su ánima.

 

Nosotros veníamos por Diego Portales, desde el puente «San José de la Montaña» del estero Guirivilo.

 

Tal vez fue ella la que puso luz otoñal en el rostro de Francesco [ ¿o era el reflejo del nimbo de las velas de la sexta estación del Vía Crucis instalada en la esquina de Portales con Barros Grez? ]

 

Sin embargo nos atrajo la atención las faces de las devotas alrededor del retablo, retocadas por una sombra ineludible.

 

[ En ese momento pasó una pareja de inspectores municipales con antifaces de mármol silbando una melodía parecida a las flores de los difuntos ]

 

Fue cuando la Luna se encumbró sobrecogida sobre los olmos como el paño de Verónica.

 

 

20 de abril de 2009. Santa Cruz

Señor mío Jesucristo, Dios veraz,
¿Así era entonces tu semblanza?

Canto XXXI del «Paraíso» de la «Divina Comedia».

Martes, 21 de Abril de 2009 03:36. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. Hay 1 comentario.

Escritos del Huerto [ Croissant de Lune ]

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Versión definitiva.

Mientras niños y parvularias de la Comuna se juntaban esta mañana bajo las copas de los árboles de la plaza, sobre el césped, a celebrar el Día del Libro Infantil [ mientras príncipes y dragones de trapo dialogaban con ánimas del lugar, que los mayores filmaban con sus cámaras parecidas a sextantes ] la Tierra inclinaba su eje soltando en el cielo nubes leves, brisas suaves y un rocío estelar que humedecía las hojas de las arbustos, las de los libros y las naricillas de los pequeños. Después [ Florencia, Francesco, su nana Carla y yo ] nos íbamos a un restaurante de la calle Cancino a comer merluza de aguas matinales con ensalada de pepinos bañados en aceite de oliva de los oliveros de Lolol, que acompañamos con vasos de vino blanco. Francesco, vestido de arlequín, durante el almuerzo se ocupó de ensayar la onomatopeya inspirada en la figura del caballo negro que vio en el techo que sobresalía al lado izquierdo del escenario de los personajes del guiñol. Al caballo lo escoltaban gruesas letras puestas en desorden, también negras. Cuando anochecía, en el comedor [ mientras esperaban a que yo terminara de hojaldrar y hornear los croissants ] Francesco dio entonces en engarzar sílabas guturales que nos llegaban a los oídos con reminiscencias de antiguas lenguas de Ur. Por vaga curiosidad me asomé a la ventana de la cocina a mirar la noche. Por detrás de los cerros, donde imaginamos las sombras húmedas de la corriente de Humboldt, se alzaba la cuarta creciente de la Luna de otoño. Apenas lo oyó, Florencia comenzó a decir un versículo de la Biblia: «Y vi un caballo negro; y el que iba sentado sobre él tenía en su mano una balanza. Y oí una voz decir: Un litro de trigo por un denario, y tres litros de cebada por un denario; y no dañes el aceite de oliva ni el vino». Viene ahora desde la cocina el aroma horneado de los croisants mientras Francesco le pone pasitos a su caballo imaginario, chasqueando la lengua, en su original comedia de títeres.

 

02 de abril de 2009. Santa Cruz

Viernes, 03 de Abril de 2009 07:28. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Escritos del Huerto [ La Higuera ]

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Con la Luna nueva volvía a sentirse en el aire de la noche la presencia de aves, a verse extraños visos, y la dificultad de distinguir las ondas frescas que serpentean anunciando otoño, de las estelas del averío azaroso, si bien se oían [ al menos dentro del pecho ] los golpes de ala de la hora de aojadoras y brujos, por lo que nos guardamos temprano con nuestro Francesco. En lo alto, antes de cerrar la puerta, vimos pasar las constelaciones como bandadas de ángeles que llevan por el cosmos noticias del Huerto.

 

Cenamos con las cortinas corridas, silenciosos a la luz de una vela.

 

En los vidrios de las ventanas se estrellaban pequeños blandos cuerpos.

 

En el comedor el tic tac del reloj de péndulo que perdió uno de sus punteros, se oía como el tranco del viejo de cachava que pasa a medianoche por el pasaje hacia las casas de campo.

 

Cuando me disponía a levantar la mesa, llamaron desde el cercado.

 

Era Nuestro Señor que venía por higos.

 

«La próstata», dijo. «La próstata».

 

«Sí, claro», y lo invité a entrar a la casa.

 

Florencia fue al Árbol en cuyas ramas ahora se hallaban los avechuchos.

 

Nosotros que los vimos desde la puerta de la cocina, alzamos los brazos para espantarlos.

 

Volaron llevándose los higos.

 

Nuestro Señor, pálido, cansado, quejumbroso se sentó en el sillón de mimbre de la pérgola. Florencia, solícita, le abrigó la venerable cabeza con un chullo y las piernas con un paño de alpaca.

 

Arriba, debajo del cielo, el alboroto disputaba los frutos del Vicio y la Concupiscencia.

 

29 de marzo de 2009. Santa Cruz

Lunes, 30 de Marzo de 2009 01:37. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Escritos del Huerto [ Palabra contra la Muerte ]

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A..esta hora de la noche [ cuando la oscuridad nos torna al punto de partida ] no se me ocurre otra cosa que escribir que al fin de cuentas se está solo, diluido, con la muerte al frente, al lado y dentro, en lo íntimo y en el sueño.

 

Que sencillamente se vive porque no se tiene más argumento que la estrella que se ve sobre el horizonte cuando se voltea la vista antes de cerrar la puerta de calle y la que se alcanza a divisar sobre el cerro a través del resquicio de la cortina en la ventana, al alba.

 

Una estrella que posiblemente esté sólo en la retina de los ojos, mojada a veces, o a veces roja o sucia de polvo del camino por el que nos lleva la muerte.

 

Un camino andado en mi juventud que al comienzo lo vi futuro y con los años ha resultado pasado borroso, hasta el punto en que se me confunde el paso al no saber si vengo o voy y si esta gente ya está muerta o todavía fresca.

 

La gente no siempre tiene que heder o andar en los huesos ni tiene que ser incorpórea como la brisa helada, para estar muerta.

 

El hielo que a ratos me estremece me ha puesto suspicaz con mi tiempo, con mi agenda y mi buen día, vecina y mi buen día, vecino.

 

Mis vecinos al mediodía gentilmente han colgado un cesto con racimos de uva tinta moscatel en el cercado de agudo hierro negro.

 

El cercado es el linde del Huerto donde Florencia me ve con sus ojos verdes y Francesco estrena sus primeras palabras.

 

En fin [ para no hablar más de la muerte ] me despido de este escrito con una de su novísimo vocabulario:

 

Diente.

 

 

27 se marzo de 2009. Santa Cruz

Sábado, 28 de Marzo de 2009 21:10. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

El secreto

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Aquí estoy de vuelta de vacaciones. Gracias por su comprensión.

Sé que debo guardarlo. Por lo demás, ¿de qué valdría ahora decirlo? A lo mejor, mirándolo bien, ha de haber sido alucinación o imaginación viva de aquel lejano invierno. De cualquier manera, de buena gana me habría desembarazado de su mala compañía ya qué tiempo. Digo «mala compañía» porque me ha hecho medroso en el habla, escurridizo en la amistad y avispado en el sueño, pues es muy capaz de hablar por mi boca cuando duermo.

 

Como ocurrió una noche de verano [ estación del año en que la gente suele desvelarse ] en que me despertó la sensación en la garganta de un cuerpo que forcejeaba para salir, el que me contrajo el estómago y me dilató la garganta, hasta que finalmente lo arrojé por la boca.

 

Destemplada sonó aquella voz intrusa en la casa hundida en el silencio de la calurosa noche. Sin embargo nadie la atendió, como no atendieron el resoplido de una lechuza venido desde los lindes. Los durmientes siguieron siendo la oscura cuerda del violonchelo de la nocturnidad.

 

Mas, ¿cuál es el secreto?

 

Antes debo decir que el secreto es mi primera experiencia del secreto, el haber oído lo que no debía oír, haber visto lo que no debía ver y haber estado en un lugar a una hora que no correspondía.

 

Muchas veces he pensado [ como nada está claro acerca de nuestras existencias después de esta vida ] que los secretos se quedan rondando alrededor del cuerpo frío hasta que la brisa que entra por una ventana, los avienta, y se van buscando nueva residencia, porque un secreto ante todo es un ente vivo por antonomasia, a pesar de su carácter agazapado.

 

Por tanto es importante saber que son bichos malditos hechos para aislarnos.

 

Es lo que éste ha hecho conmigo.

 

Lo otro a saber es que son cosas de Dios ya que Dios mismo es un absoluto secreto. Con esto no quiero sugerir que Nuestro Señor es un bicho maldito, pues tal irreverencia jamás saldría de mi boca. Por eso inmediatamente aclaro que los secretos nuestros no tienen nada que ver con la purísima naturaleza de nuestro Creador. Lo mismo ocurre con nuestros espíritus y el Gran Espíritu. Cuando Moisés escribió que Dios nos hizo a su semejanza, quiso decir que nuestro espíritu puede llegar a ser semejante al de Él según nos comportemos, como un gran secreto que se nos va revelando.

 

Es decir, la tercera cosa importante a saber es que el secreto contiene luz y la luz, que es hija de la oscuridad, sólo se desvela en la oscuridad.

 

Y lo cuarto y último que se ha de tener muy en cuenta es su naturaleza sui generis, por lo que jamás se evidencian si se llega a revelarlos.

 

Por ejemplo, si digo que aquella noche de invierno en que despuntaba mi adolescencia, me enteré de que tres de mis tías eran brujas, que las oí mentar conjuros mientras se sahumaban debajo de sus largos faldones negros, y que horas después llegaron sus maridos borrachos, llorando desconsoladamente, buscando el regazo hediondo a humo picante, no me lo creerá nadie, como ocurrió entonces, cuando se los conté a todos los miembros de la familia reunida en la fiesta de San Juan, los que se rieron de la ocurrencia, con los cuellos hinchados, incluso las brujas que venían entrando [ que predijeron mi carrera de escritor ] me abrazaron y me regalaron sus secretos caramelos de los que me hice adicto, especialmente deliciosos cuando participaba de sus domésticos aquelarres.

 

Pero todo esto [ como se ha de suponer ] se me ha confundido con la literatura.

 

20 marzo 2009 Santa Cruz

Miércoles, 25 de Marzo de 2009 16:15. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Cifrada solución al enigma del Valle de Nazca

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Atraído por la foto de la portada, acerqué la mirada al hueco rectangular del quiosco y pedí, hacia al interior, el diario cuyo nombre hasta ese momento me era desconocido.

«Quinientos pesos», dijo un rostro de mujer en la penumbra.

Por la vereda di unos pasos antes de abrirlo en las páginas centrales.

En la de la izquierda se hallaba la foto con el artículo y en la de la derecha unas instrucciones dirigidas nada menos a mi nombre, las que yo debía cumplir al pie de la letra.

Inmediatamente junté las hojas para ver la portada, la fecha, el número de edición, que eran el 1 del año I, luego volví a leer las instrucciones.

Era inevitable que yo quisiera saber si había más ejemplares en los otros quioscos. Pero los suplementeros ni idea tenían de su existencia. Una torpeza de mi parte habría sido si los hubiera mostrado el ejemplar que iba perdiendo la tinta.

«Un fantasioso», habrían dicho, seguro.

Volví al quiosco pero confundí la esquina con otras.

Y todo se puso peligroso.

Ahora se trataba de no perder la calma, de plegar el diario y llegar a casa a pedir ayuda.

Mientras el contenido de las hojas desaparecía.

Temeroso de recibir un castigo de una Justicia Inmanente, me senté en un escaño de la vereda a rescatar las palabras del artículo.

La foto ya se había esfumado.

Con dificultad copié las palabras que pude ya que en pocos segundos el diario quedaba convertido en un fajo de cuartillas vírgenes.

Entre las palabras se hallaban algunos nombres de tótem de las Trece Lunas, uno que otro del Olimpo, unos de los animales dibujados en el Valle de Nazca, de las estaciones del año, de fenómenos de la naturaleza y de planetas.

En cuanto a la foto, a decir verdad, no tenía gran relevancia, ni las instrucciones me parecieron muchas, aunque muy extrañas.

De la primera ya se han enterado. En las otras se me pedía que recortara cada una de las palabras con tijera y que echara las tiritas de papel en una calabaza seca [ previamente vaciada de su pulpa y semillas ] luego que las sacara una por una, componiendo oraciones de cinco sustantivos en la mesa, y que no hiciera más comentarios. Que dejara a los espíritus que nos acompañan a que ellos alumbraran la búsqueda de la solución del enigma del Valle de Nazca.


Y éste fue el resultado:

 

un Cóndor de [ el planeta* ] Urano perseguía un Colibrí mientras un Halcón de [ la cetrería de ] Artemisa los observaba

una Tortuga que venía con el Invierno a cuestas le dijo a un Caracol que en Creciente es cuando oficia [ su ritual ] la Iguana con su a
labado seas y su venid venid

entonces un Conejo le dijo a la Araña que se cuidara de Saturno en el Arcoiris de Yacumama

mientras sobre una extensa Quemadura dibujaban [ sencillas gentes ] estas Incógnitas Líricas Líneas de Arena

 

17 de febrero de 2009. Santa Cruz.

*Las interpolaciones son del autor.

Originalmente el resultado fue éste:

un Cóndor de [ el planeta* ] Urano perseguía un Colibrí un mientras Halcón de [ la cetrería de ] Artemisa observaba los

una Tortuga que venía el con Invierno a cuestas dijo le un a Caracol que en Creciente es cuando oficia [ su ritual ] la Iguana su con alabado seas y venid su venid

un entonces Conejo le dijo a la Araña se que cuidara de Saturno el en Arcoiris de Yacumama

mientras una sobre extensa Quemadura dibujaban [ sencillas gentes ] Incógnitas Líricas Líneas de Arena estas


Sábado, 21 de Febrero de 2009 07:03. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

La araña [ Sacrum fiere ]

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Una araña ha hecho nido en mi cabeza. ¡En mi cabeza!

Hoy me la he visto en el espejo, he visto su corona de ojos que miraba mi ridículo par de ojos, demasiado cerca y demasiado lejos, me la he visto en mi cabeza en el espejo, peluda, con mis pelos confundida, con mis ojos, con mi cabeza su cabeza, sin atreverse a decirme nada, ni yo tampoco.

Pero poco a poco hemos venido acostumbrándonos uno al otro, congeniando, poniéndonos de acuerdo en una y otra materia, a tal punto que ya somos una sola araña que cada noche urde un velo con hilos tan sutiles como los del vellón de la ilusión.

¿Hasta cuándo?

Hasta que llegue el momento en que sea la única labor que yo conciba en el mundo y lo único que vean mis numerosos ojos y lo que recorra con mis ocho peludas patas.


Es decir, cuando sea Dios



07 de febrero de 2009. Santa Cruz.

 

Domingo, 08 de Febrero de 2009 06:20. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Oceanus Borealis

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Havet *

Jag står framför havet.
Där är det.
Där är havet.
Jag tittar på det.
Havet. Jaha.
Det är som på Louvren.

Göran Palm, de Världen ser dig (1964).

He venido hasta el mar. Ahí está. Simplemente me ensancha las pupilas, las desborda, y en mis oídos domina sobre el zumbido del Universo, domina mi razón, sin embargo a mis pies viene con su flujo en juego, aunque en mi pecho es oscuro. Oscuramente desciende al abismo de mi intimidad donde el alma se acurruca, donde flotan restos del Edén y de viejos navíos. Y nunca acierto a decir la palabra precisa. Únicamente me llega su espuma, su salmuera. Es que antes de mí estaba el mar, sólo el mar, incluso antes del mismísimo Dios. Cuando Dios emergió de las aguas y vio el mundo, respiró hondo y dijo: «Hágase el Caos». Pero el mar vino, lo golpeó como si golpeara un escollo, hiriéndolo gravemente, y Dios se hundió en el agua con su nocturna cabeza calva de lobo marino, listo para morirse. Enseguida vinieron escualos y pececillos y lo destrozaron a mordiscos [ los pececillos se comían los restos desprendidos de las grandes mordidas ] Después aparecieron albatros, petreles, gaviotas, muchas aves, muchos ángeles pelágicos y serpientes mocasines, pues la Muerte es hacendosa, un asesino que se cuida de borrar las huellas. Finalmente sólo quedaron las olas, la sal en el aire, un minúsculo arco iris como la pinza de un cangrejo cromático, y ése fue el Cielo. Así es el mar. Y ahí está el mar. Oh el mar. No compararía mi impresión con el asombro provocado por las increíbles obras de arte del Louvre, pues si Dios fracasó en su intento de recrearlo, no nos queda más que deponer toda esperanza. Aterido, callo y recuerdo la vez que estuvimos en Marte y dijimos: «Vamos al Oceanus Borealis», y tomamos nuestro vehículo, un trineo de cuarzo, y nos marchamos, tomándonos tres noches, las de aquel planeta, pero era un mar oscuro, barroso, frío, sin olas pues carecía de pleamar por sus lunas enanas, y sus aves se asemejaban a las nostalgias. Encendimos velas, guardamos silencio esperando el silbido del viento que vino tosiendo y embriagado con ron de las almas de piratas muertos en el Caribe. Era hora [ se leía en el ambiente ] de que emigráramos. Para ello bastó con bajar los párpados, con morirnos un poco, con dejar pasar la materia oscura por los canales de la sangre. En silencio nos bajamos en alguna calle de la Tierra. Tomamos el autobús a Bucalemu [ en un sueño nuestro amigo Jorge de Estocolmo nos traía en su jeep rojo recién comprado ] Pronto hemos llegado al mar. Mas no sé por qué yo estoy solo, sin Florencia, sin Francesco. Quizá también los he soñado. O si no, el mar me está soñando. Como sea, soterradamente siento que alguna vez fui un gigante lo suficiente grande para haber merecido en los primeros meses de mi vida esta matriz azul. Y si fue así, entonces he de haber sido dios en una lejana era, un dios que derivó en hombre, por eso todos mis sentidos están ahora ciegos. Pobre hombre. Si no fuera por la leve inquietud altísima en el fondo de su íntimo ser que le ha motivado estas líneas, estaría bien muerto.

1 de febrero 2009 Playa de Bucalemu.

* Yo estoy frente al mar./ Allí está él./ Allí está el mar./ Yo lo miro./ El mar. Pues, sí./ Es como en el Louvre.

Lunes, 02 de Febrero de 2009 05:43. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Lamentación de Adán

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Traslación del escrito hecho con signos cuneiformes en una tablilla de arcilla que se encuentra en el Museo de Santa Cruz [ en un lugar secreto del museo ] Al pie de la traslación, hecha en 1857, sólo hay un par de iniciales: J.O.

Aún recuerdo el dolor del desgarro vivido a la salida del Edén y el placer negro del pecado. Un estremecimiento de intemperie y de proscrito, un vacío en el estómago, náuseas, demacración repentina, mucho miedo, desvelo y la voluptuosidad prendida entre las piernas, como orinado, mientras el Sol se iba alrededor de la Tierra, confundido, ya por la orilla de un crepúsculo, ya por la de una aurora, porque mi pecado cerraba las puertas del mundo, el Poniente y el Oriente, hasta que el áurico astro cayó en el Polo Norte en una larga noche blanca donde los ángeles terribles de Dios me espiaban cuando yo en mi lujuria recién despertada iba por el témpano a la cita con la Muerte, pues en el exilio, como te muerde la abstinencia, se desnuda uno con ligereza, y la Muerte lo sabe, por eso me observaba con ojos de perra, vestida para ser desvestida, dispuesta [ hembra en celo ] así entonces, hambriento [ siendo hombre ] le arrancaba los trapos sucios. Sus carnes en estado de lumbre deseaban mis manos que se habían suavizado en el oficio de la escritura y las oraciones, y yo [ ciego de placer ] un demonio era por el fuego que tenía entre las piernas y por el infierno en mis ojos. Mucho era el placer, ese dolor, y ahí, ante al muro sucio de graffittis y orines, entré en la Muerte hasta hacerla aullar. Era una lengua que lamía el aire y retorcía el cuerpo, blasfemando contra los moradores de mi abandonado hogar, nombres de ángeles y sacerdotisas, con harta furia en los ojos, ramera y ninfómana, tirando mordiscos, hundiendo las uñas, mientras se deshacían sus huesos, mientras la recorría mi lava que la helaba por dentro, desmayada, entreabierta la boca, con sus dientes rojos de sangre, rendida junto a mi cuerpo erecto, mojado de saliva y sudor, y yo con la mirada perdida, vacía de esperanza, emparejado con ella.
Domingo, 25 de Enero de 2009 01:07. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Erzsébet Báthory, a la luz de la séptima luna

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El tributo que se paga, sólo corrobora su culpa.
SLAVOJ ZIZEK

Ayer [ en la tarde de la séptima luna ] estuve en la biblioteca «Daniel Barros Grez» hojeando una vieja enciclopedia de alrededor de cinco mil páginas, a dos columnas, muy ilustrada, escrita en fuente romana del tipo Garamond. La había abierto en el vocablo Brujería motivado por una conversación en susurros que dos sacerdotes llevaban en el autobús. Uno le soplaba al otro en el oído un secreto de confesión. Una de sus fieles soñaba con rituales sangrientos en cada noche de luna creciente y se levantaba sonámbula a mirarse en un gran espejo circular que fuera del sueño no lo había ni en su dormitorio ni en toda la casa. El otro le aconsejó ir a la biblioteca a buscar información en una enciclopedia que se hallaba en el anaquel del fondo, cubierta por viejos libros de trigonometría. No sé quién llegó primero al voluminoso libro. Las hojas estaban desolladas de tanto hojearlas con dedos ensalivados. De la brujería se hacía una larga relación de sus orígenes, rituales y pactos, ilustrados con símbolos y grabados del Medievo en los cuales se representaban mujeres montadas en escobas, o en aquelarres, o sometidas a las ordalías del Tribunal del Santo Oficio. De pronto mis ojos se detuvieron en una imagen oscura, cruzada de lado a lado por un horizonte celeste, cuya luz acrecentaba la lividez del fondo y el morbo del macho cabrío de cornamenta aureolada con ramas al modo de un fauno, sentado en el centro de la escena, rodeado de mujeres de hombros desnudos. No pude saber de su origen o autoría pues donde debía estar la nota, faltaban trocitos de papel. Sólo unas cuantas sílabas, como éstas: Fra...Go...el... y otras por el estilo. En fin, tal era el embrujo, que a los segundos de estar contemplándola, me sentí próximo al ruedo pecaminoso, lo que no pasó inadvertido al Sublime Terrible que puso su ojo derecho hacia mí, como si hubiera percibido la templanza de mi ánimo, pues con gusto le hubiera dicho que no era su facha la que me había traído a esa estancia de la penumbra sino aquella luna en cuarto decreciente. Pero pronto recapacité y acabé la lectura y me vine a casa sin haber sacado prácticamente nada que me aclarara el sueño de la desdichada. De vez en cuando yendo por la vereda alzaba la vista para contemplar la luna menguante como se mira a alguien que se le ha perdido la confianza. Silencioso, lento, estuve durante, antes y después de la cena. Después, en la cama, se me fueron bajando los párpados. Abajo, muy abajo, alumbraban antorchas de cebo el sótano de un castillo sangriento. El castillo sangriento era inicialmente una oración gramatical que se me apareció en la mente mientras yo descendía en el sueño; fue enunciada en una novela de Julio Cortázar por un comensal gordo en el restaurante Polidor, de París: Quisiera un castillo sangriento. Seguramente se debió a que los sueños y las historias en algún momento se conjugan debido a que tienen sus soterrados enlaces, pues de otro modo no habría sido posible la pesadilla recurrente de la pobre penitente. Es decir, su delirio nocturno bien podía ser el reveno de una lectura o de una charla oída por descuido de los mayores en su infancia. O bien era la flor negra de la memoria colectiva cuyas raíces se hallan, en este caso, en el año 1600 y tanto, en el castillo de Čachtice, en tierras de Hungría, donde príncipes y condes analfabetos montaron el más terrible de los tinglados para condenar a una mujer que los superaba en cultura y en arrogancia, la Condesa de Transilvania. Al enterarme de ello, subí corriendo en mi sueño por las gradas de piedra para decirle a los sacerdotes infidentes que no era necesario exorcizar a la mal soñadora y, de paso, para argumentar a favor de la dama de Čachtice; mas éstos se hallaban reunidos con el conde Thurzó, Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, entre otros, constituidos en tribunal de la Santa Inquisición, con las miradas volcadas en la página del aquelarre de la enciclopedia abierta sobre una amplia mesa, corroborando el ciclo lunar apropiado de las herejías de la inculpada. Y así como sentados estaban ellos, expeditivos, armando con esa imagen y las confesiones de lastimosos testigos [ Ficzkó -su mayordomo-, sirvientes y doncellas ] de las mentiras, la mayor de ellas: la canallesca verdad de los inquisidores, que es la verdad de los hombres acerca de esta condesa, ahí estaba yo, dejándola sola, saliéndome del sueño, con la esperanza [ mea culpa ] de que este escrito llegara a la Erzsébet Bárthory de nuestro tiempo, en la próxima séptima luna.

 

15 de octubre de 2008. Santa Cruz

Miércoles, 14 de Enero de 2009 00:21. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

La barca

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Se ha dicho en el pueblo que ninguna barca puede navegar si tiene tablas de madera del bosquedal de la imaginación, velas confeccionadas en los telares del viento y por remeros, pétalos de la rosa de los sueños.

En carta al diario hemos objetado la premisa por la contradicción que contiene, pues si toda barca es un vehículo flotante que se utiliza para transportar personas, animales o cosas, navega aunque las tablas sean de madera del bosquedal de la imaginación, las velas hayan sido confeccionadas en los telares del viento y los remeros sean los pétalos de la rosa de los sueños.


Como se esperaba, la carta ha causado revuelo. Los fundamentalistas, o sea, los tesoreros municipales, amenazan con quemar el Gran Diccionario del Astillero si no renunciamos al Tractatus de Petrus Hispanus.

Por de pronto, lo peor es el efecto mariposa que su ira ha causado al otro lado del planeta:


Toneladas de fuego bíblico caen sobre Biblos.

06 de enero de 2009. Santa Cruz.

Jueves, 08 de Enero de 2009 15:40. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Noctis Labyrinthus

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y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...,

Lo Fatal, Rubén Darío

Tirados en la cama, en vano esperamos la brisa fresca del atardecer. Florencia que había dejado abierto el libro sobre su pecho, cerró los ojos, pero el sueño no atendió la señal de los párpados. Cuando el ruido de la calle se apagó, supusimos, o sea, supuse que era pasada la medianoche [ la ventana la teníamos de par en par ] Harta del peso del libro [ o del bochorno ] Florencia se dio vuelta a ponerlo sobre el velador, entonces se lamentó por la hora que era, y me volvió el rostro para el beso y no demoró en meterse en su sueño. La abracé porque en la próxima espiración me dormiría, no iba a dejarla sola. Sigilosa buscó mi mano, me arrastró en su viaje.


Afuera, mientras descendíamos con nuestra barca en el suelo pedregoso de Utopia Planitia, una bruma calurosa espesaba la atmósfera y empañaba la luz de las ventanas circulares de las cabañas pirenaicas de los colonizadores de Marte.

Una amiga, la señora Ylla, vino a saludarnos en cuanto sintió posar nuestros pies en la fina arena de la pista de navegación. Ella vivía refugiada en aquellos peñascales desde que decidió abandonar a su marido, el señor Yll. Su única compañía era el sueño en el que conoció a Nathaniel York, asesinado con una de esas armas siniestras que disparan enjambres de abejas doradas la noche que, tras apearse de su nave terrestre en un mar seco, iba camino a la orilla donde tenían su vivienda la Sra. Ylla y el Sr. Yll [ según la historia que conocimos en otro sueño y de la cual no voy hacer más cuento ]

Su nueva casa era ahora una cabaña pequeña, rodeada de árboles floridos y hálitos de colores que ascendían a los aleros. En su interior, había un estrecho comedor, donde se hallaba el hornillo de ondas, un tocador en un corto pasillo, y un dormitorio, que era la pieza mayor de la casa. En un pedestal reposaba el acuario esférico sonoluminiscente que aclaraba la habitación y que seguía a su dueña a todas partes. No había jaulas de plantas como es común en las viviendas de la colonia. Sólo barras y láminas de cristal que pendían del techo donde se almacena, en unas, las ondas benignas de las visitas y, en las otras, los sueños [ en una de éstas guardaba el sueño con Nathaniel ]

Sencilla y gentil como siempre, nos agasajó con café de sicómoro y buñuelos egocéntricos que ella misma amasa en su batea de madera de manzano y hornea en el hornillo de ondas.

Anochecía cuando nos despedimos en la puerta, juntando verticalmente las manos, apenas rozando las palmas, mientras desde lo alto éramos observados por el par de lunas. Después la vimos a través de la ventanilla allá abajo antes de enfilarnos hacia occidente, en busca de la tierra prometida, en la región de Noctis Labyrinthus [ En realidad ignorábamos con qué nos enfrentaríamos una vez alcanzada la consumación como asimismo quién nos había empujado a este viaje ] Florencia apoyó su cabeza en mi hombro celebrando el candor de la señora Ylla, después se puso a tararear una canción desconocida.

Hicimos escala en Arabia Terra para pertrecharnos de raciones de trigonometría cultivada en el descampado [ Siempre hemos dicho que no hay como los astrolabios de ciego de esta zona ] porque al entrar en los Valles Marineris las turbulencias podrían extraviarnos y llevarnos a otro planeta. Pero la región de Arabia Terra pasaba por un mal momento, tormentas de ánimo insondable la encendían, de modo que no nos detuvimos más de lo necesario.

El cosmos esa noche estaba limpio, despejado de dudas y certidumbres. Se veía cerca la Tierra, tal como yo recordaba a la Luna en nuestra ciudad, sobre el cerro Apalta. Podía asegurar que sentía su humedad, el murmullo de los árboles, el rumor de la gente.

Deliras, dijo Florencia, porque a ella no le gusta la nostalgia. Bien sabes, cariño, que esa bruja es transgénica, por lo tanto, genera vesania, me advirtió.

Mi risa aleteó en el cristal de la barca.

Lejos, allá, alboreaba la Astronomía, y en la limpidez del espacio sideral, relucía la materia oscura y la voluptuosidad de las bandadas angélicas [ que suelen verse como sombras en la superficie de los océanos de la Tierra ]

Al mediodía una corriente nos cogió avisándonos que entrábamos en los cañones del Valle. Tuve que disminuir la gravedad del momento para ir sólo a unos cuantos pies del suelo.

Era sorprendente ver los deslumbrantes rojos de las paredes, los azules de los bordes de las rocas, los verdes de los embasamientos y la rigidez de hielo de la atmósfera.

De vez en cuando entrábamos en brumas frías, cargadas de voces y relámpagos que venían de las oquedades.

Debido a la niebla matutina, tuvimos que guiarnos con el astrolabio en el descenso.

En Ganges Chasma nos abandonó la barca. Nos tuvimos que resignar a pasar una noche insomnes, caminando.

Amanecía cuando llegamos a Ophir Chasma.

En los depósitos aluviales, junto al muro de un cañón, nos topamos con un campamento de beduinos cuyos camellos tenían tres jorobas. El menos arisco nos invitó a subir a una de sus cabalgaduras a cambio de mis relatos peregrinos. Alcancé a contarle quince, y nunca dijo una palabra ni levantó la cabeza. En Tithonium Chasma, antes de despedirnos, le comentamos nuestro destino, tampoco dijo nada, se limitó a tomar las riendas de su camello y se despidió alzando la mano. La manada amiga continuó su tranco hacia otros sueños errantes y nosotros decidimos cruzar la meseta que se nos apareció en el camino, lo que nos tomó la noche entera, y esto vieron nuestros ojos al alba:

Enormes montañas cuarteadas como por sable sideral se apilaban junto a mesetas y muros, por cuyas estrías se insinuaban pasajes y túneles.

Aquello era sin duda Noctis Labyrinthus, la Encrucijada del Mundo.

Gritamos de furor, y nuestros gritos planearon sobre los socavones y se perdieron tras los cráteres y las filosas cumbres.

Después, cuando nos hallábamos echados sobre una roca lisa, descansando, de ver aquel entrevero, se me ocurrió pensar que en alguna remotísima era, profundos ríos se vinieron en crecida con sus olas desde todas las cumbres nevadas del planeta y cuartearon las montañas más alta del Universo, pero luego, por el calor que se había desatado, antes de llegar al mar, se evaporaron dejando aquellas heterogéneas formas, aquellas extrañas fisuras. O simplemente fueron raudales de volcanes enloquecidos cuya lava se enfrío con la noche muerta, por orden de los Espíritus de los Confines del Universo para impedir que el Infierno inundara el espacio sidéreo. O si me apego a la versión de Florencia, fue ahí donde el recelo de Caín vertió la sangre de Abel.

Reemprendimos la caminata.

Tres noches y dos días caminamos por esos desfiladeros y umbrías. Al anochecer del sexto de nuestro viaje, acampamos cerca de uno de los volcanes de Tharsis. Se podía divisar la claridad de las ciudades del interior de Noctis Labyrinthus debido a que la atmósfera estaba limpia de bruma de polvo de hielo. Sólo entonces, para reponer las fuerzas, dormimos.

En la mañana desayunamos tortillas que nos vendió un monje del Edén que iba a Tell al-Muqayyar, en el Lejano Oriente, en el extremo sur de Arabia Terra.

Desayunados, nos encaminamos por la Ruta del Destino que iba por entre extensos viñedos y plantaciones de árboles frutales. Una bandada de tórtolas se refugió en el follaje de un castaño. Al fondo, golondrinas volaban y chillaban alrededor de la casona de una hacienda.

Era la hora de la siesta. El calor arreciaba. Hasta que llegamos a una encrucijada donde se leía: hacia el Oeste, el Ayer, hacia el Este, el Mañana, hacia Norte, el Ahora, hacia el Sur, lo Incierto.

Tomamos la dirección de la Santa Cruz, la ciudad señalada.

El calor era insoportable pero sus habitantes eran cordiales, se paraban a ofrecernos frutas de sus huertos, aunque advertíamos la autocensura.

Cuando pasamos por la vereda donde está ubicada la biblioteca municipal, inesperadamente Florencia entró a pedir prestado un códice que reúne crónicas de Marte. No dio razones ni quise pedírselas.

La noche se nos vino cuando aún nos hallábamos tirados sobre la cama.

Florencia dejó abierto el códice sobre su pecho, cerró los ojos, pero el sueño no atendió la señal de los párpados, seguíamos oyendo el rumor de la calle, que en algún momento se extinguió para dar paso al de los astros.

Texto pasado por taller

21 de diciembre de 2008. Santa Cruz.
Miércoles, 07 de Enero de 2009 04:06. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Dios, aquel sol blanco

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Texto pasado por taller

Cuando esperábamos que el viento del norte trajera a punta de vendaval la lluvia gruesa y fría que hace temblar los vidrios de los ventanales y sacude los aleros [ según suele ocurrir en los meses de julio y agosto ] Cuando habíamos guardado en los baúles del desván la ropa ligera del verano y puesto en los roperos lanas y abrigos, botas, frazadas y mantas, una ola de calor se nos empezó a venir esta semana por las calles, la que fue aumentando con los días [ como hemos de imaginar una bola de nieve en el planeta Marte ] alcanzando la de hoy el tamaño de un tsunami que entró por las ventanas con un tufo de horno [ cuando abres su puertecilla y te da en el rostro ] por lo que antes que dieran las 10 AM, lo poco que nos habíamos movido, ya nos tenía extenuados. Inútil era pretender hallar en el cielo una mota de nube que no fuera la luz blanca, o la bruma al volver la vista al interior de la casa, sumidos de repente en el desamparo, ciegos. A Dios gracias pronto íbamos emergiendo de la oscuridad, nosotros y las cosas de la sala, y si volvíamos la vista fuera, era nomás para confirmar la visión en las hojas de los árboles guarecidas a la sombra del follaje, y en los siempre inquietos gorriones. En la radio local una experta cosmetóloga advertía del peligro de exponerse al sol entre las 10 y 16 horas, y que de hacerlo, usáramos bloquedores o filtros solares, cuidado, un filtro puede tener un muy alto Factor de Protector Solar, sin embargo no protege contra la radiación ultravioleta tipo B, mire, que para obtener una protección apropiada (o sea contra los rayos ultra violetas tipo A y los ultra violetas tipo B) es recomendable el uso de pantallas solares con ingredientes de amplio espectro, entre otros: zinc oxide, benzophenones y cinnamates, los Tres Ángeles de la Guardia de la epidermis. Lo de los ángeles, por supuesto, no lo decía la experta cosmetóloga de la radio. Después: a más de estas cremas protectoras, continuaba, usáramos gafas oscuras, chupalla de ala ancha, ojalá estilo charro del Norte, y camisa de manga larga, y bebiéramos dos litros de agua al día, mínimo, si no queríamos correr el riesgo de deshidratación o cáncer a la piel. Es lo que decía la experta en la radio. De ahí que resultaba un poco difícil a que a alguien [ si se lo pensaba dos veces, añadamos la sofocación ] se le hubiera ocurrido salir siquiera hasta la esquina. Sin embargo uno de nosotros tenía que ir al centro por provisiones, un bidón de agua, naranjas, pan, yogur para el pequeño, y los consabidos protectores epidérmicos. Primeramente la intención fue ahorrarme las monedas caminando las siete cuadras a lo que renuncié en los cien metros cuando sentí que el calor me arrebataba el agua del cuerpo, incluida la saliva y las lágrimas [ recordé las plantas de las oficinas públicas que nadie riega expuestas constantemente al calor de las hélices de un enorme calefactor ] Entonces hice parar un colectivo cuya manija había que tomar y soltar pues quemaba, asimismo su asiento de cuyo respaldo traté de alejar la espalda. El chofer del automóvil en vano llevaba las ventanillas abiertas porque en lugar de aire fresco entraba desfachatado el efluvio calimoso. La radio anunciaba 33 grados a esa hora y se esperaba que alcanzara a los 35, después del mediodía, usted que nos está escuchando, ya sabe, siga las recomendaciones del Ministerio de Salud, tome las providencias del caso, no se exponga, en especial entre las 10 y las 16 horas. Seguía luego el tema del cáncer y las cremas, la propaganda, y en medio del sopor, el deporte. Mientras tanto la reverberación del pavimento de la calle me hería los ojos, mejor dicho, dentro, en la corteza cerebral. Era como aquella pinchadura en la retina de los celestes días de mi infancia, causada por la basurita alojada en uno de los ojos externos, aunque ésta [ la de ahora, la del ojo en la corteza cerebral ] era más molesta, por la impotencia de no poder hacer nada, pues aunque viniera mi hermano Luis con una artesanal pinza de papel a sacar la pajita luminosa, no hubiera podido, ni un médico, salvo que quisiera hurgar en mis neuronas. Miré al chofer a fin de comentarle lo de la marejada abrasadora, no obstante me contuve al verlo oculto en las gafas de sol, dispuesto a oponer resistencia a la ceguera que diariamente lo exponía su trabajo, llevando los párpados abajo y, al parecer, que su otro yo, el menos expuesto a la irradiación, condujera. Con premura me apeé del colectivo en una esquina, bien me hubiera venido un diario para ponérmelo sobre la cabeza al cruzar la calle. Luego me fui guareciendo de los rayos solares apegado a las paredes de las casas, buscando la mezquina sombra de los aleros, teniendo que salir al sol de cuando en cuando porque otros iban por la improvisada vereda [ volví a echar de menos un diario ] Hasta que entré al supermercado donde penden del techo resplandeciente enormes y activas hélices como si fueran helicópteros de guerra malheridos por las ondas fatídicas del cielo y rematados por las ráfagas que se cuelan por las amplias puertas que los clientes abren y cierran. En todo caso no dejaban de expandir frescura, así la sintiera como la muerte, me refiero a la que imagino en la carne de los moribundos de la guerra, contrapuesto al fuego líquido que aflora de la rotura profunda hecha en su cuerpo por una bala o una esquirla o una bayoneta. Es lo que sentía en el supermercado a medida que se me enflaquecía el esqueleto con una sequedad helada y sudorosa. Entonces decido darme prisa por ir a la caja a poner las mercaderías en la banda negra. Solemne atiendo la suma que aparece en la pantalla luminosa mientras saco la tarjeta magnética de la billetera, la sostengo entre los dedos a la espera de la señal de la cajera, ahora la paso por la ranura, dispuesto a dar otro corte si es necesario, confirmo, marco el código, aguardamos, castañetean los dígitos, dejan la huella de sus dientes oscuros en el papel que asoma de la máquina registradora, gracias, gracias, y ya, vamos, vamos, coge las bolsas de plástico, rápido, vamos, busca la salida, cuida de no resbalar, rápido, rápido. Con gusto habría sonreído por la ocurrencia sino hubiera sido por la tirantez de la piel pegada a los puntos craneométricos. Afuera, en el portal del supermercado me detuve, exhalé un suspiro escénico, eché a rodar la mirada por la calle para ver si la luz calorífera había amainado, ni que pensarlo, seguía su geometría creciendo en el silencio. Inútilmente busqué en el cielo una promesa de frescura, por si algo lo empañaba, y lo único que saqué fue volver a sumirme en la bruma, en la ceguera, con las bolsas colgando de los brazos como si ahí me hubiera pintado Domenikos Theotokopoulos, alias el Greco, pues gracioso me pongo cada vez que me agarra el pánico, esperando a que Dios, aquel sol blanco, se asomara a mirar por el agujero de la capa de ozono, y se apiadara y me llevara en un colectivo a casa. Claro, y claro que lo hizo, bendito soy, pues de qué otro modo estaría escribiendo esta crónica de la jornada, al calor de la Luna llena.

 

13 de diciembre de 2008. Santa Cruz. Chile.

Miércoles, 17 de Diciembre de 2008 14:53. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Bahía del Arco Iris

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Abandonamos al amanecer el motel Las Siete Lunas. Nos alumbrábamos por el vago sendero con linternas de proteínas fosforescentes. Se sentía aún en la exánime atmósfera selenita el paso reciente del viento sideral. A las 24 cincuenta horas, cruzamos los Montes Cárpatos. En la ribera del Mare Imbrium, nos sumamos a una caravana de beduinos que venían de vuelta de una ciudad sagrada perdida en los roquedales de basalto de Gasendi, La Perla de la Luna. Nosotros queríamos ir a Sinus Iridum, la Bahía del Arco Iris, porque se nos había dicho que en uno de sus Promontorium se hallaba la cesta con las frutas del Edén. Ninguno de los hombres de la romería nos dirigió la palabra aunque en sus miradas ocultas bajo el doblez del turbante leímos la anuencia. Los fulgores que cruzaban veloces el cielo muerto, nos extrañaban, nos ponían el alma con ese aterimiento de los hospicios. Hubo un árabe que apuntó con su mano hacia los Montes Jura, lo que rodean la Bahía. Se trataba de la rebanada azul de la Tierra. En mi imaginario la asocié con la claridad de una ciudad lejana cuando uno va en vehículo por una carretera en medio de una noche sin astros. Florencia me susurró que se veía como la Luna detrás del cerro Apalta, y que tal vez soñábamos. No tenía razones para contradecirle, sólo preguntarnos si había alguna manera de saberlo, porque más de alguna vez he creído despertar de un sueño para descubrir después que me hallaba en otro. Ella, por su lado, me dijo que por lo menos nunca había soñado un mismo sueño juntos, y me lo dijo quedamente porque los beduinos comenzaban a inquietarse. El hecho es que llegamos solos a la Bahía del Arco Iris, y ante nuestro desencanto, o alegría, en el lugar que suponíamos solitario, habían levantado una pequeña colonia con su iglesia, su Plaza de Armas y Casa Consistorial, sus villas y campos deportivos, y la gente nos saludaba cordialmente mientras caminábamos por sus veredas. En la entrada de un pasaje en cuya señalización se leía Adriano Díaz, nos salió al encuentro una joven nodriza portando en los brazos a nuestro Francesco. Incluso un vecino me detuvo para felicitarme por mi último libro. Especialmente celebraba, para nuestro asombro, el texto de los beduinos en la ribera del Mare Imbrium, porque si dudábamos de la realidad de nuestro anterior peregrinaje a la Bahía del Arco Iris, éste nos parecía que, de ser sueño, era el más prodigioso de todos los soñados.

 

8 de octubre de 2008. Santa Cruz

 

Jueves, 09 de Octubre de 2008 07:06. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Pesca de Paniahue

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Bajamos al río de Paniahue a pescar raudos reflejos para la cena en que brindaríamos por nuestro aniversario, sin embargo lo único que mordió el anzuelo fue una escuálida sombra futura, parecida a un bagre. Ni el Sol rojizo del atardecer le sacó un destello al lomo verde oscuro. Tenía los ojos tristes, pero mucho más tristes sus barbillas colgando del borde del canasto de mimbre de Chomedahue. Nos distrajimos en eso. De repente se nos apareció por entre los espinos del sendero ribereño, una tolvanera cubierta la cabeza con guarapón de Guayaquil, vestida de iglesia, y de paso nos arrebató el canasto, yéndose camino a los cerros. Inseguros, medrosos, nos venimos de la mano por la Avenida Errázuriz con las cañas al hombro. Uno de nosotros dijo que ahora la desvergonzada ha de estar en una cueva comiéndose nuestra pesca. Para consolarnos nos detuvimos en un quiosco a comer buñuelos filosofales recubiertos con azúcar de astro estival, como solíamos hacer en el Café París, donde nos sentábamos uno frente al otro a escribirnos poemas para enamorarnos. Ella, riéndose, dijo que yo confundía las escrituras. Que no era el Café París ni eran buñuelos filosofales, aun cuando no pudo recordar cuáles eran las escrituras verdaderas. Riéndonos bajamos al Valle de Albategnius*, al motel de Las Siete Lunas.

 

30 de septiembre de 2008. Santa Cruz

 

* Una región de la Luna, en homenaje al famoso astrónomo árabe.

Martes, 30 de Septiembre de 2008 19:38. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Taxi a medianoche

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Tomo un taxi pasada la medianoche en Rafael Casanova. Un viento cálido se nos viene desde la Plaza de Armas, como si hubiera estado aguardando detrás de un árbol. El taxi se detiene para cederle el paso sin despegar yo los ojos del espejo retrovisor.

La calle está solitaria. Las luminarias se ven entumecidas, somnolientas.

Doblamos en la esquina de Díaz Besoain, nos vamos bordeando la plaza y entramos a Nicolás Palacios.

Pongo el dinero en una mano en forma de cuenco que se me extiende silenciosa desde la sombra. Suenan las monedas, pese al ruido del motor, como en un cuarto oscuro, vacío.

Digo que me parece extraño que el centro esté tan desolado.

El taxi hace un looping al pasar por el puente San José de la Montaña, en la calle 21 de Mayo.

Digo que otro conductor me contó que una señora gorda tuvo un infarto al corazón al pasar por el lomo de toro de este puente.

En el parabrisas veo mi sonrisa diluyéndose en el mutismo del conductor.

Me adormezco.

Mucho tiempo llevo viajando y el viento ha borrado mi rostro del parabrisas.

Por la radio me he enterado que un presidente negro ha sido asesinado y que las tropas estadounidenses aún permanecen en Iraq y Afganistán y que los rusos siguen ganando aliados entre las repúblicas vecinas.

A veces sueño con mi familia, pero me despierta un fuerte olor a flores.

Ahora alguien canta en el patio de mi infancia.

Mi madre dice que deje dormir siesta a los vecinos.

Entonces, por primera vez, escribo.

Escribo la historia de un hombre que toma un taxi, pasada la medianoche.

Pero el viento me desordena las hojas.

26 de septiembre. Santa Cruz

Viernes, 26 de Septiembre de 2008 06:32. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Albergue de la Luna

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Para Francesco, en su primer cumpleaños

Hemos estado tan ocupados en asuntos domésticos que nos olvidamos del lugar donde vivimos: la Tierra. Fue Florencia quien lo comentó cuando salíamos del almacén al atardecer, señalando la Luna que se veía grande y enteramente redonda en la cumbre de un cerro, aunque difusa por el humo de las chimeneas. Francesco, que llevaba yo en los brazos, extendió los suyos al satélite selenita, incluso me espoleó en los costados para acercarnos, y a pesar de las razones que le dimos para no hacerlo, lloró tanto que tuvimos que subir por la ladera oscura para nos ser vistos por los guardias del Observatorium. Ahora él duerme en los almohadones del albergue y chapurrea, risueño, palabras que no son ni moriscas ni cristianas. Nosotros en tanto, a la espera de la somnolencia, miramos a través de la pequeña ventana romboidal, la Tierra, añil y rebanada, borrosa por la vaguedad de todo.

 

14 de septiembre de 2008. Santa Cruz

 

Lunes, 15 de Septiembre de 2008 13:11. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.

Poeta Carlos Geywitz ha muerto

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La caída de un árbol es mucho más que un desastre ambiental.

Sus ramas al azotarse en la tierra esparcen el privado cielo que ocultaban las hojas.

Y los espíritus que han salido a recorrer el bosque cuando regresan no hallan su puerta.

Aun más: tú puedes ver el enorme pedazo de mundo que aquí de súbito han volado:

Ese abominable hachazo de la Muerte.

23 de agosto de 2008. Santa Cruz.

Domingo, 24 de Agosto de 2008 08:30. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Materia Obscura. No hay comentarios. Comentar.


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