La hija de Iván Pavlov
Hace un tiempo leí en El Mundo, de España, esta corta noticia:
La hija del famoso académico y fisiólogo soviético Iván Pavlov, Valentina Yermakova, dedica su vida a salvar perros, en un acto de penitencia por los sacrificios que había practicado su padre en aras de la ciencia.
Casi saltaron los ojos de las cuencas mientras la leía. ¡Pobre aquella hija! Fue la inmediata reacción al enterarme del hecho. Después vino la impotencia de no poder hacer nada para sacarla de ahí o aliviarla en la tarea injusta autoimpuesta. Y ocurriendo como con la lectura de las malas noticias, la dejé de lado, pero no del todo, aquí ven.
¿He de ser torpe y decir que me recuerda un personaje femenino de comedia griega?
Sí, y como el científico Iván Pavlov, voy a experimentar no directamente con Valentina sino con su historia, porque me he puesto a pensar en Antígona convertida en lazarillo de Edipo, so riesgo de llevar el caso de la mujer rusa a un tópico literario, es decir, un tema viejo, repetido: el destino de una hija condenada a sufrir por la ceguera del padre.
Es todo lo que andaré por este camino, y giro.
¿Qué debo hacer para no condenar a mis hijas a un destino trágico? ¿Cómo puedo prever las consecuencias de mis actos? Si es imposible preverlo, ¿cuál es la actitud correcta en este camino a ciegas para evitar daños en el futuro? O puede ser entonces que la aparente superchería religiosa sea la actitud sabia: ama a tu prójimo como a ti mismo.
Para Pavlov los animales no eran más que animales, así como para los esclavistas estadounidenses los esclavos no eran seres humanos. Si el científico ruso pensaba en que con sus experimentos ayudaría al prójimo, se equivocó, pues estuvo ciega su mente al no ver la delicada ecología del orden del mundo.
¿Cuántos de nuestros ilustres científicos piensan como Iván Pavlov?
Recuerdo una historia de una expedición al pasado, creo que es de Ray Bradbury.
Es la era de las enormes bestias, de los árboles altísimos y los volcanes. Uno explorador pisa una mariposa, se dan cuenta de ello en la casa del presente. En la suela de la bota asoman las alas del insecto triturado, mientras escuchan en la radio la noticia que anuncia el triunfo de Adolf Hitler en la elección al gobierno de Alemania. Los compañeros miran acusadores al torpe expedicionario.
Si Iván Pavlov pudiera ver las consecuencias de sus experimentos, haría como Edipo cuando descubrió su crimen:
Gritando así se punzaba los ojos una y otra vez...