Helena de Troya
No, por más esfuerzo que hago debo aceptar que esta noche estoy triste. Primero lo pensaba cansancio, luego, fastidio, después, enojo, pero no, es tristeza.
La tristeza. Y no se piense en la tristeza de los diccionarios ni la de los psicólogos sino de mi tristeza.
Mi tristeza es ésta:
Porque los amigos, sin dirigirte la palabra, te están insultando, porque leen tus palabras como si fueran sus palabras, porque te hacen bromas para expresar cariño, porque lo que dices no es lo que dices aunque hay algo de lo que quieres decir, sin embargo insisten en no estar de acuerdo aun cuando repites que te han malentendido, y porque vuelven con las bromas para expresar cariño.
Ésa es mi tristeza.
Y porque cuando vengo a casa pongo el mismo disco, Le tue parole, cantada por Andrea Bocelli, que habla del lugar donde el sol muere y donde el viento descansa, y donde se hallan todas palabras de los que han estado enamorados, y porque ahí quisiera echarme a dormir. Y lo pongo porque de niño me hicieron difícil la tristeza, así con ponérmolo a escuchar, me trago las lágrimas.
Y lo peor, me pongo aún más triste.
Pero no por la canción, sino porque me acuerdo que llegué fastidiado adonde los amigos sin saber nada de ella.
Por eso andaba triste.
Pero más triste porque mis amigos querían divertirme y yo los he rechazado.
¡Qué tristeza! Es como la historia de Troya. ¡Todo se ha ido al diablo por ella!
Y excúsenme.