Como si Immanuel Kant presenciara el congelamiento de la cosa en sí
Esta tarde paseaba por la orilla del lago. El Mälar es un lago maravilloso, con una superficie de 1.140 km2, uno de los más grande de Europa. Atraído por la quietud de sus aguas, me detuve a contemprarlo.Incluso los patos se habían mudado a la colonia de los árboles. La tarde era luminosa, gris, aunque oscurecía por los horizontes lunares; y uno que otro pájaro negro pasaba en sentido contrario de la puesta de un sol implícito. El aura de los edificios de la costa, estaba quieta.Por este lado, yo apenas respiraba, y mi sangre acomodaba el pulso al ritmo del ambiente. De pronto vi reflejos grises en el agua, audibles, como de élitros. La superficie del agua se rizó tras el leve sonido.Los patos se sacudieron. Sólo fue un segundo de distracción. Las aguas habían comenzado a cuajar. Natas, nada más que natas, frágiles aún, secretamente expansivas, hacendosas como células. Era fascinante sorprender a la Naturaleza en el momento de armar imágenes. Los patos alardearon allá en la colonia de los árboles. Mi sangre reinició su fluir llevando en los glóbulos la tarde y el lago. Mi cerebro se iluminó de una verdad inefable y mi alma abrazó mi cuerpo. Temblé. Recordé el asombro de los profetas en su encuentro con Dios. Sólo a mí se me daba en secreto el amor sigiloso de las aves, los árboles y el aire, de la cosa en sí, del nóumeno. Emoción llenaba mi cuerpo. Pues vivía en solitario esa maravilla que me ensalzaba y me rescataba como individuo, separándome de la manada. Amor puro, un amor de verdad, el que solamente viene del Cielo, porque el verdadero diálogo, la única empatía, es con el individuo, no con la masa. De buena gana me habría puesto a caminar por la superficie recién congelada del lago. Confórmome con decir que desde ese día he vuelto a conversar con Dios.
10/02/2006 10:23.