La herida de don Quijote

La palabra brota de la boca como la rosa del vaho verde de la tierra, al alba, a la hora confusa del manchego. La palabra tuya pudo haber sido rosa blanca, entonces habría seguido en las aventuras de amor en que me embriagaba cuanto más leía en tus ojos verdes, y en la comisura de tus labios y en el roce de tus manos por mi cuello y mis piernas, sin embargo preferiste acercarme la espina de tu ayer de amores sólo para herirme, y ahora ves, no es blanca la rosa de mi locura, sino la roja encendida y ardua del amor que recupera el juicio. Con gusto rompería mi escudo y mi lanza en la roca de tu corazón, pisotearía los pétalos que nacen de mis dedos para esta rosa digital, porque claro he de decirlo: donde hay gigantes, hay molinos, donde hay bandoleros, hay víctimas que resisten el desamor de imperios y reinas fregonas como tú, y donde se ha visto locura, véase lucidez, lucidez que duele como la luz blanca que arroja del buche el desencanto. Después, y lo digo por ahora, que vengan escrutinios y quemen mis letras, las escritas y las por escribir, porque muero. Muere otro lúcido que vivió loco por ti.