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Resumen
- 03/04/2006 20:51 - El lago ha comenzado a deshelarse
- 04/04/2006 23:30 - Deconstrucción
- 07/04/2006 08:14 - Leyenda de un árbol
- 10/04/2006 08:29 - La casa en el bosque
- 14/04/2006 18:55 - La acción
03/04/2006
El lago ha comenzado a deshelarse
Bajo a la playa del lago a desentumecer el alma, inquieto por la falta de escritura.La temperatura ha subido, la nieve se repliega en los rincones de las rocas y de los arbustos deshojados.Alrededor de las raíces de los árboles de la orilla, en el cangrejal, dan vuelta los patos y los cisnes silvestres que han regresado.W.B.Yeats contó en su tiempo 19. Eran the wild swants at Coole.Su número, según entiendo, no era aritmética sino cifra de la memoria.Yo vi 20 a principios de invierno. Ver 20 cisnes en el lago no es lo mismo que haber contado 20 cisnes en el lago.Hoy vuelvo a ver los 20, quizás en número sean más o quizás menos.Se ve que un rompehielos pasó hacia el rincón polar del sol que brilla fríamente sobre el lago.Entro en el istmo formado por la humilde orilla, cuya punta se aproxima al surco de la embarcación.Los trozos de hielo disparan esquirlas de luz.Y siento en mis pupilas brillar vértices, aristas, filos y la maravillosa geometría.Y sufro las heridas del frío y el ardor del fuego en el agua, y percibo el límite de lo visible y lo oculto.Un vaho de mujer desnuda se levanta y se tiende sin tocar la superficie.Mi alma se mueve.Respira.Mi corazón bombea sangre extra por mi brazo hacia la mano escribiente.Cuando me doy vuelta para volver camino a casa, siento el último rayo de sol en las recién brotadas pirámides de hielo que lo refractan para encender un cabello en mi cabeza. Es la brizna que hará arder la llama del inicio de la primavera.
04/04/2006
Deconstrucción
¿A quién podía dedicar mi poesía?
07/04/2006
Leyenda de un árbol

El amor y el dolor me pusieron los ojos de forma que pude ver el mundo desde la grada de Dios.
De modo que vi la armonía de la naturaleza y el caos de la inteligencia humana.
Quise entonces revertir su filosofía:
10/04/2006
La casa en el bosque

Esta tarde de octubre he venido en bicicleta hasta el bosque de Högdalen y en un claro he dado con una casa nunca antes aquí vista y, como su fachada me pareció familiar, me he detenido y golpeado la puerta; nadie ha salido a abrir, se ha abierto sola.
Mis ojos, en la penumbra rota por el rayo de sol de los pinos, se han turbado, y las telarañas, con el aire fresco, han comenzado a hincharse y deshincharse en una danza sucia y lánguida.
Sobre el aparador, un florero vacío, en la vitrina, una hilera de copas de cristal, y arriba, en la pared, un retrato de los esposos, empañado por el polvo y la mancha de humedad que lo encrespa.
En los dormitorios pena la oscuridad y algo se mueve debajo de una cama. Sus ojos presiento que miran como los míos.
Voces vienen ahora desde el patio.
Corro, pero sólo es el rumor de las hojas de los naranjos y del estero.
Atardece y cruzan choroyes hacia los bosques, y alguien se aleja en bicicleta hacia el camino. Lo veo por entre las tablas de la valla.
4 / 20 Högdalen.
De "Tres puertas", de H.Durand. 1994, Estocolmo.
14/04/2006
La acción

Al parecer la idea de publicar poemas con notas, no era buena, por lo que rectifico el rumbo y publico un texto largo en el cual experimento con el narrador, texto con el cual cierro capítulo. Continuaré en Chile con mis crónicas, dentro de un tiempo. Gracias por todo.
Fue en un asalto a un banco donde a Gustavo le dieron el balazo. El 76, en Santiago.
Pero él mismo quiso contarle la versión del asalto, una noche, mejor dicho en un sueño atroz que Carlos tuvo, y se la comenzó a contar desde la última cita con Cristina.
Me iba a estar esperando en la fuente de soda del Cine Santa Lucía, dijo Gustavo.
A las cuatro justa, no te olvides, le había repetido Cristina en el teléfono.
Gustavo sabía lo que ella pensaba decirle, al menos lo presentía, por eso prefirió hacerse el indolente, y para ilustrar esta actitud a su ex camarada, puso las manos de-a-mí-que-me-registren.
Carlos lo miró disimulando el recelo.
Pero Gustavo, como si lloviera.
Tenía que apurarme… Tomé la micro en Colón Oriente, llegué a Santa Lucía, crucé el túnel al trote y, a unos cuantos segundos, asomé en la otra vereda, desde ahí se veía al Superman del cinerama.
Una mujer de edad que venía tirando un bulto, me obligó a frenar justo a un paso de la puerta de entrada de la fuente de soda; compuestito, empujé la puerta. La Cristina, sentada junto a la ventana, miraba fijamente hacia la calle.
Hola, Cristina, le dije, estirándome por sobre la mesa para besarle la boca.
La pobre abrió tremendos ni que ojos:
¡Pesado, que me asustas!, exclamó.
Me senté echando una mirada de reojo al lugar.
La Cristina, tecleando en el reloj:
Menos mal que llegas a la hora, darling.
Yo atendí lo que había en la mesa.
Huele rico esto, dije.
Era un sandwich de carne con queso derretido.
Si quieres, te lo sirves, me dijo. Ni lo he tocado siquiera.
¿Y tú?, pregunté.
Una formalidad, se excusó Gustavo.
Tú sabes, de todas maneras no se lo iba a servir, porque el olor a fritanga le había quitado el apetito y que después, mi amor, después me tomo un jugo, y ya, sírvaselo, no se preocupe, mi amor, apañando la taza.
Y lo que es el orgullo, Carlos. Le dije:
La verdad es que no tengo apetito.
Carlos no atinaba a decir nada.
Como un niño mal criado me sentía, continuó Gustavo.
En fin, lo tomé y me lo llevé a la boca. Me encanta el churrasco con queso derretido.
A la Cristina le gustaba verme comer, y me lo daba a entender acariciándome el brazo con la yema de los dedos.
Pedí un nescafé.
¿Qué mirabas?, le pregunté.
Ah, sonrió, a una pobre señora de abrigo verde oscuro que arrastraba una maleta enorme como un baúl.
Nunca dejaban de asombrarme sus melancólicas observaciones. Bueno, tú la conoces.
Pobre señora, ¿a dónde iría con esa maleta tan pesada?, dijo.
Me sirvieron el café. La Cristina continuaba como para sí misma:
Algo había en ella... ¡Pobre!
Gustavo se quedó en silencio, observando la reacción de Carlos. Éste agachó la cabeza.
Acabé el churrasco y me puse a revolver la taza de nescafé, dejando que la Cristina tomara la iniciativa.
Y no me olvido de algo, y no sé por qué se me viene a la memoria siempre.
Carlos apartó el rostro para evitar el aliento de muerto.
La servilleta, dijo Gustavo.
De algún modo a Carlos le asombró la simplicidad de la respuesta.
Lentamente, en el platillo, continuó Gustavo, la servilleta de papel iba siendo como posesionada por la mancha de grasa. Y la Cristina que no se decidía. Miraba hacia fuera y se arrancaba pelusas de las mangas del abrigo gris oscuro. Me enternecía, ¿sabes?
Carlos quiso decir algo, pero Gustavo ya había cambiado de tema.
Discretamente —susurrándole en la oreja—echaba yo de vez en cuando una mirada al ambiente. ¿Tú me entiendes, no?
¿Qué es lo que ocurre, Cristina?, le tuve que preguntar.
Enderezó la espalda y me miró como si hubiera hecho algo malo. Le habría gustado, tal vez en otras circunstancias, decir:
Estoy esperando, y que yo pegara un salto, la abrazara y la cubriera de besitos la boca, los ojos, el pelo y, al final, la guatita.
Pero no, no era el caso.
No me ha llegado la menstruación..., susurró despacito.
Bien educada la Cristina ha sido siempre, pensó Carlos.
¿Qué dices? ¿Dijiste algo? Me pareció oirte. Gustavo le echaba el aliento en la cara, luego se disculpó.
Mira, ella, por lo demás, sabía en lo que yo andaba.
¿Y cómo puedes estar tan segura?, le dije.
La miré primero en un ojo, después en el otro.
Ya van a ser cuarenta días..., me susurró, cruzando los brazos, echándose sobre la mesa.
A ti se te suele atrasar..., se me ocurrió decir.
Sí, hombre, sí. Ya sé que lo que piensas. Me comporté como un carajo. Pero eso no es nada si se me compara con otros, ¿no es cierto?
Pero ya, dejemos eso por ahora.
Ella sólo comentó que esta vez no era lo mismo, que le daba náusea la comida, más que nada las fritangas.
Carlos estaba conmovido.
¿Sabes?, le dijo a éste, como señalando alguien de la oscuridad, parece que sólo hay una oportunidad para ser feliz en la vida, el resto, es llamar en vano a su puerta.
Carlos no quiso decirle, o no le pudieron salir las palabras, que le sonaba ridículamente teatral.
Pero en fin. ¿Qué íbamos a hacer en caso de que fuera como ella temía?
Tú estarás pensando que yo le propuse el aborto.
¿Y qué otra cosa, dime? ¿Qué otra cosa? Por eso lo primero sería ir al médico.
¡Me acompañarás!, exclamó, con la trompita estirada para que le diera un beso. ¿Para ver si estoy embarazada, no es cierto?, haciéndose la regalona.
No me dejaba escapatoria, parece.
Y claro, y no sé por qué dije "iríamos", fue sin pensar.
¿Y si estoy?, me miró con los ojos bien abiertos, poniendo mis manos entre las suyas.
¡Pobrecita!, pensó Carlos.
Sí, pobrecita...
Yo, para dármelas de un tipo guapo, retiré mis manos y me eché para atrás en la silla.
Ella, un poco asombrada, recogió las suyas y miró hacia la calle.
Eran duros aquellos tiempos, Carlitos.
Sí, demasiado, se dijo éste.
De ahí nos fuimos a la micro y nos separamos en el paradero de la Universidad. Quedamos en que al día siguiente la iba a llamar, en la noche, por lo del médico.
Después no nos vimos más.
Carlos, yo no sé cuánto sabes de ese asunto, tú eras de otra célula. Sé que fuiste compañero en la universidad de la Cristina, y que fueron amigos; sé también que se siguieron viendo después que te cancelaron la matrícula y decirle adiós a los estudios. Tú y yo nos vimos un par de veces, creo. Pero suficiente para darme cuenta cómo te gustaba la Cristina.
No, no, Carlitos, no digas nada. Comprendo. Sinceramente.
Pero ya, dejemos eso. El asunto fue que esa misma noche se nos acuarteló para una acción.
Bastante seria por lo demás.
Dijeron que un compañero me iba a contactar. Con él nos fuimos a una casa que estaba ubicada por Irarrázabal, no recuerdo a qué altura. Era un caserón amarillo de dos pisos que tenía un letrero bastante simpático:
ÁRBOLES FRUTALES
Gustavo sonrió.
Ni la pomada vendíamos.
Había una camioneta en el jardín, con un pino como logotipo. No estaba mal. Y era mejor así. En la cocina, al fondo, había dos compañeros sentados junto a una mesa con sendas tazas de café. Eran la Betty y el Ricardo. A pesar de lo serio que se veían, sonrieron con sus caras de pendejos al verme entrar.
Bien, les presento al compañero Raúl, dijo el compañero Juan, mi contacto.
Hola, compañero. Se pararon a darme la mano. Disciplinadamente a continuación dijeron sus nombres.
Luego el compañero Juan ordenó:
Ricardo, por favor, háblale un poco de los turnos del lavado de loza y aseo. Yo tengo que hablar contigo, Flaca, y subieron a la planta alta.
Estaba bromeando, por supuesto.
Ese fue mi primer día. Un semana permaneceríamos en la casa.
De ahí para adelante mi vida tomó un curso que yo nunca elegí. Lo único que sabía era que no podía vivir en ese país sin hacer nada por echar abajo la dictadura. El resto, el cómo y sus consecuencias, por lo tanto, no podía determinarlo ni elegirlo.
Pero es mejor que siga con la historia de la Acción.
Se trataba de un banco. Como tú sabes, sucedía que el Partido no andaba nada de bien que digamos. Teníamos muchas pérdidas. Cuadros valiosos habían caído. Estábamos desconectados orgánicamente, necesitábamos plata además y, sobre todo, demostrar que el aparato represivo de la Junta era vulnerable, para de esta forma devolver al pueblo la fe en su capacidad de lucha y que a pesar de la fuerza de fuego del enemigo, se le podía combatir en su propio terreno.
Es decir, la Acción tenía un fin político, militar y económico…
Parece mentira, ¿no? Hasta ese momento conocía yo bien poco el teje y maneje de una acción de tal envergadura, pero lo que más se exigía, me dijeron, era moral combativa. Lo que vendría, lo iríamos aprendiendo poco a poco, con paciencia y conciencia, como solía decir el compañero Juan, y que la Acción no se iba a llevar a cabo si no estaba bien compartimentada y si cada uno no se sentía claro en todo.
Gustavo se arqueó.
Así entonces —como pudo, se frotó con el dorso de la mano, la espalda—, lo que me parecía inalcanzable al principio, poco a poco, la Flaca Betty, el Ricardo, el compañero Juan y yo, lo fuimos logrando, compartimentándonos en el trabajo prácticamente sin grandes problemas. Del mismo modo, pese a que sus temas de conversación no eran muy variados, algo de Branchi y algo de Trosky, supimos congeniar y marchar a la pinta.
Gustavo se relajó. Luego dijo:
Eran buenos camaradas, y por favor, no me preguntes por ellos nada.
Carlos lo miró con rencor.
Gustavo siguió:
Antes que nada comenzamos por echar una mirada al plano y hacernos todas las preguntas que fueran necesarias. Contábamos por lo demás con bastante información. Básicamente fotos de la ubicación del banco y la calle, datos del sector. A propósito, una anécdota.
Cierta vez me tocó en bicicleta chequear la manzana donde estaba ubicado el banco, detalles que parecieran importantes, si se veía, por ejemplo, algún vehículo policial o algo que no pudiera definirse bien como vivienda, cuando de no sé de dónde me salió un perro pastor alemán a ladrarme.
¡Éste me olió!, pensé. Debe ser de un carabinero.
Más que ligero tuve que pedalear y alejarme del lugar hacia cualquier lado, y ya me veía seguido por una patrulla o los agentes de la DINA. Se lo conté a los otros, y todos nos quedamos con la bala pasada como dirías tú, por lo que la Betty, para salir del empacho, se dio la tarea de averiguar la historia del perro, el que resultó ser de una viejita nada que ver. Es para que te des cuenta de cómo uno se imagina cosas por poco y nada. Así y todo, con el tiempo habíamos logrado reunir gran parte de la información del terreno. Por ejemplo, el estudio circular de la manzana del objetivo y sus proximidades estaba casi listo. Casi casi, porque nunca se sabe. Para suplirlo, no nos quedaba otra entonces que echar mano a la imaginación. Verlo aquí en la cabeza como una panorámica, o como se dice hoy, crear la imagen virtual.
O sea, imprescindible era estudiar las características topográficas, el estado de las calles, si tenían muchos hoyos o algo por el estilo, y tomar un radio de unas ocho o nueve cuadras alrededor del objetivo. Por otro lado considerar la extracción social de los moradores del sector, si era predominantemente clase media u obrera. Tipo de viviendas. Lo otro, muy importante, si había retén o comisaría en la cercanía, o escuelas. Sentido del tránsito, vías posibles de escape, o sea, la mayor información posible para el éxito de la Acción. Semáforos, señalizaciones, etc. etc. Después el movimiento mismo del objetivo, vale decir, los horarios del banco y sus rutinas. Fotos y dibujos del edificio. Altura, ancho, entradas y salidas posteriores, ventanas y puertas, forma del techo, patios, ventilación.
Yo te cuento todo esto porque sé que no estuviste en ninguna acción de esta envergadura. Tal vez repartiste leche y yugur de los camiones Soprole que la milicia expropiaba para los pobladores. Eso espero. Pero no te preocupes, déjame hablar a mí no más.
Un día el compañero Juan nos tiró sobre la mesa un recorte de diario:
¡Un regalo de Dios!, dijo.
¡Era nada menos que la foto interior del banco, una propaganda!
Carlos trataba leer entre líneas las palabras de Gustavo.
Sin embargo había algo que nos quitaba el sueño y que nos tenía en veremos, te lo podrás imaginar.
Lo quedó mirando con sus ojos cuyas pupilas cubrían enteramente los iris.
Carlos involuntariamente encogió los hombros.
¡La alarma, poh, hombre! ¡La alarma!, gesticulaba, entusiasmado, y se reía.
Imposible nos fue saber dónde la tenían, ¿te das cuenta?, y ese detalle importantísimo decidía prácticamente el curso que iba a tener la Acción de ahí para adelante. Es decir, no debíamos demorarnos dentro del banco más de veinticinco segundos, a todo reventar, treinta. Una, no teníamos que darles tiempo ni siquiera de mover un dedo, dos, largarnos antes que la Repre nos cercara el sector, y tres, los autos de recambio tenían que estar muy cerca. Bueno, esto en caso que alguien hubiera de algún modo tocado la alarma.
Carlos por lo menos tuvo un par de segundos de alivio gracias a la euforia de Gustavo, sintió que la tensión que le venía provocando, se había destendido un poco.
Jodido, ¿no? Y realmente no teníamos otra alternativa. ¿Y de qué otro modo se iba a luchar contra la Dictadura, ah? Se trata, en estos casos, de que el riesgo sea cero, poniéndose en todas las posibles variantes que pueda tomar la Acción en su desarrollo. Hay muchos elementos que van apareciendo en el transcurso y que son imprevisibles y se debe estar preparado. Por ello teníamos al compañero Juan, que era todo un cuadro, tenía su experiencia y estaba más o menos fogueado. Nosotros no, éramos pajaritos nuevos, aunque la Betty había estado en una expropiación de un camión de Soprole. A lo mejor tú estuviste con ella en una de ésas. Contó que repartieron yogur, queso y leche en una población súper pobre. En cambio el Ricardo sabía más de armas, de fierros, como él le llamaba, pero nunca había estado en la acción misma sino sólo en el apoyo logístico. Ahora no vayas a creer que en la compartimentación de la Acción estábamos solamente los cuatro compañeros.
Carlos pensó la réplica: «Me imagino que no».
Por supuesto que no. En total íbamos a ser ocho. Seis entraban al banco y dos se quedaban en los vehículos, que serían dos taxis robados.
El banco en cuestión... Bueno, tú sabes. Y las armas, revólveres treinta y ocho.
Acortando, dijo Gustavo, el momento culminante estaba cerca, y mientras más cerca nos hallábamos, más vívidos se nos aparecían los pormenores del asalto.
Supongamos, dijo el Ricardo, que vamos a salir de la cuadra y cada uno se tiene que fijar si por algún lado viene la Repre. Fíjense bien porque nos pueden estar aguardando en las esquinas.
¡Mi madre!, exclamó la Betty, ¡los árboles! ¡No nos fijamos en los árboles!, y comenzó a echar pestes. ¿Y a nadie se le ocurrió por la puta?
Oye, ¡cálmate!, si no es para tanto, la paró el Ricardo. A los árboles aún no les han brotado todas las hojas, chi...
Depende qué clase de árboles, poh, dijo la Betty. Capaz que sean cipreses.
Bueno, intervine, anda a ver tú, poh entonces, en vez de ponerte a chillar como loca.
¡Quién se lo hubiera imaginado!, exclamaron los ojos de Carlos, pues en las ocasiones que se vieron, le pareció muy cumplido.
Y lo que me contestó ella:
¡Oye, tú, huevón, y qué esperas que no vas voh...!
En Cristina pensó Carlos.
Cuidado, cuidado, que la Betty era de armas tomar.
Así que la dejé pasar y le cambié el giro a la discusión, preguntando si alguien se había fijado en las micros.
Imagínense una cacharra en medio de la calle, justo cuando vamos arrancando, ¿qué me dicen?
Y se armó la bolsa de gatos otra vez.
Oye, ¿por qué a ningún saco de peras se le ocurrió?
¿Cómo que a ningún saco de peras, frescolín? Voh también estás metido en el rollo, qué te crees..., corrigió la Betty, y ya no hubo manera de enfriar los ánimos:
Oye, llama y pregunta, poh.
Sí, mata de huevas, y de pasadita le aviso que ese día vamos a atracar el banco y si pueden, que desvíen por favor el tráfico por otro lado y que muchas gracias.
Oye, mierda, fue a ti al que se le fueron las patas, porque yo estaba encargado de otra cuestión, no me vengas con leseras.
¡Córtenla, córtenla!, vino el Juan. ¡Hasta cuándo siguen! ¡Lo único que les falta considerar ahora, para terminar de cagarse el coco, es si vamos a tener menguante o luna llena ese día, porque si es menguante capaz que las balas se nos achinguen y nos salgan por el culo, ratas!
Bueno, con tan finos modales, Carlos, quién no entiende, ¿te parece?
Éste lo miró tímidamente.
Continuó Gustavo:
Entonces no nos quedó otra que mantenernos tranquilos, rumiando los temores en silencio.
Yo pensaba en la Cristina, que le iba a dar más pena que no sé qué cuando me viera en los diarios tumbado en el pavimento, manando un chorro negro de la cabeza y del cuerpo y con un revólver en la mano. Y suponiendo que lográramos escapar, seguro que igualmente iban a publicar fotos de nosotros con así unos titulares:
PELIGROSOS EXTREMISTAS ASALTAN BANCO
¡Qué iría a pensar mi mamá! ¡Mi pobre vieja! Fácil que le diera un infarto. No me la habría perdonado yo nunca. Y mi viejo, ¡puchas! Y dale a la manivela.
Carlos estuvo a punto de decir algo, pero Gustavo le aspiró todo el aire.
No se puede negar, teníamos miedo, un miedo de para qué te digo. Un miedo pánico, y bien poco se podía hacer para tranquilizarnos. Tomando café como condenados no se nos iba a pasar, por el contrario, nos ponía más tensos y acelerados. Y se fumaba, para qué te digo. Como chinos en velorio. Y la adrenalina, hasta el cuello, se percibía en el ambiente, confundida con la hediondez a sudor, aliento, ropa, al de las armas, o de las balas, qué se yo. En cambio el Juan, el compañero Juan, tranquilamente se ocupaba de sus cosas, limpiando un revólver o remendando su casaca, contándonos sus años de infancia en la primaria y sus peluserías. Pero de repente enmudecía y se le notaba eso, y entonces volvía a echar mano a su memorias y me ponía histérico. Córtala, tuve que decirle, no huevees que me pones más nervioso con tu aplomo, y traté de explicarle que comprendía su intención pero que mejor dejara, que razón teníamos para estar así, que no iríamos al banco a cambiar monedas, y disculpa, compañero. El compañero Juan era noble. Hizo un gesto con la mano, como un saludo militar de okey, okey. Porque las cosas son así, Carlos. Llegado el momento, se pierde la calma y el valor. Ahora si el Jefe es impecable, como el compañero Juan, se supera el bajón y el equipo continúa mucho más afiatado. Claro que al Ricardo se le anduvo pasando la mano con la Betty, y la Betty, que nunca se quedaba callada, le contestó mandándolo al carajo y que después de que pase esto, le dijo, te voy a meter una bala ahí donde más te duela..., y etcétera, etcétera. Después se puso a llorar. El compañero Juan tuvo que calmarla. La Betty iba a cumplir dieciséis años no más. Bueno, a mí igualmente me bajó la emoción y me puse a decir cosas lindas, a la amor, a la vida y a la lucha de nuestro pueblo y nos acordamos de nuestros camaradas muertos y de los que estaban presos y nos dimos ánimo uno al otro. Entonces el Juan subió, demoró unos minutos y bajó ocultando las manos tras la espalda. Era una botella de pisco Capel.
¿Tenía piscología el compañero Juan, ah?
A Carlos se le desencajó el rostro cuando le echó la risotada.
¡Bravo, compañero Juan!, dijimos, y la Flaca trajo de la cocina la coca cola de litro y nos hicimos sus buenas piscolas, con más pisco que refresco.
Desgraciadamente la paz duró poco.
Sonó el timbre. Miramos el reloj: las nueve de la noche.
Sonó de nuevo.
El Juan fue a mirar por un costado de la cortina. Nosotros sabíamos que la puerta del jardín estaba con llave. El Juan dijo que no se veía a nadie, pero que había un auto blanco con una tremenda antena doblada hasta el parachoques, ahí afuera.
¡Mierda, la DINA!, dijimos atragantados.
El compañero Juan nos dijo que nos fuéramos a la cocina y apagáramos la luz del fondo para ver si estábamos cercados.
¿Qué hacemos en ese caso?, susurró alguien de nosotros.
Me avisan, poh. Ahora voy a abrir la puerta. Ustedes alerta a la orden.
Sonó otra vez el timbre, más largo.
Espera...
Espera, espera... ¡No abras!, le pedí al Juan.
Es que vieron luz. Tengo que arriesgar, me respondió.
Me fui adonde los otros. Todos estaban callados en la cocina, con la puerta junta.
Oye, ¿por qué no miran para el patio?, dijo alguien.
No, no se ve nada, respondieron.
La Betty me abrazó la rodilla, sin embargo se veía dispuesta a todo.
El compañero Juan estaba en la calle. Escuchábamos voces.
Discuten, dijo el Ricardo.
No, sólo que el tipo habla fuerte, dijo la Betty.
¿Y qué dice?, quise saber.
Ch..., me hizo callar la Betty.
Probamos oír. Los intestinos de uno de nosotros gorgoriteó.
Puede ser un vecino, supuso el Ricardo.
¡Ch... mierdas!, refunfuñó otra vez la Betty.
Se oyeron pasos por las baldosas del jardín.
¡Vienen para acá!, pensamos.
Sonó la puerta y enseguida el auto que echaba a andar.
¡Apuesto a que están todos cagados, los infieles!, gritó el Juan por el pasillo.
El Ricardo encendió rápidamente la luz y dijo:
Yo las paraba. Eran mormones, ¿no es cierto?, y nos pusimos a reír como locos.
Oye, Juan, yo creo que tenemos que poner a alguien de loro, dije.
¿Dónde?, me dijo. ¿quieres que todo el barrio se entere? No podemos despertar sospechas. Esa es una de las desventajas en esta clase de trabajos.
Pesada la broma que nos gastaron los mormoncitos, ¿ah?
Aquello, te digo, fue un susto que, por último, nos hizo aterrizar su poco. Nos hizo bien, nos enfrío, porque de ahí para adelante como que el miedo lo comenzamos a dominar, y como no faltaban muchas horas, aprovechamos el relajo para irnos a dormir.
Nos levantamos a las seis de la mañana. Desayunamos sin hablar de la Acción, fingiendo una normalidad imposible.
¿Te imaginas los nervios de nosotros?
Me miras no más. Pero tranquilo, y deja que me deshogue a mi gusto. ¿Okey?
La cosa era seria. Y a medida que pasaban las horas, más serio se veía el lío en que me había metido.
El compañero Juan trataba de distraernos. Contó que él solía servirse muy poco antes de las diez, que le bastaba una taza de café y una tostada, y jugo, si había, pero que después, a eso del mediodía, le daban ganas de comerse un churrasco o un buen sandwich de lo que fuera.
Enseguida cada uno de nosotros dijo lo suyo y otras cosas parecidas.
A las ocho todavía estábamos sentados, conversando.
En eso sonó el timbre.
¿Qué te parece?
Pero esta vez nadie se movió. Volvió a sonar, largo. Continuamos sin movernos de nuestros asientos. Se me endureció el estómago. La Betty encendió su primer cigarrillo. Ni un ruido. Percibí luego el rezongo de una abeja o de un mosco en el living. A los otros vi que se paraban cuidadosamente, en cámara lenta, a mirar por entre las cortinas de la cocina.
Dejamos pasar un rato. Fui a ver. Me sentía valiente, o era que ya no importaba un comino nada. No vi ni un alma en la calle.
Nadie, dije, viniendo por el pasillo.
Alguien que pasó a pedir limosna, comentó el Ricardo.
Pasan tempranito, dijimos.
En todo caso no era lo que pensábamos. Sólo un susto.
El Ricardo hizo ademán de pararse. Pero el compañero Juan, poniéndole una mano en el hombro, le pidió que se esperara un poco. Comenzamos entonces a hablar de los nervios, de lo traicionero que eran, la forma de controlarlos, trucos, secretos, y así, poco a poco fuimos entrando en el tema del banco.
La Acción se realizaría a las diez y media y en ella participarían, como ya te dije, ocho compañeros. El resto se hallaba acuartelado en otra casa. Llegaríamos en dos taxis robados. El grupo que entraría primero, sería el del compañero Juan, con la Betty y otro, y lo seguiríamos inmediatamente nosotros, a los que nos correspondería vaciar las cinco cajas. Treinta segundos teníamos, de no ser así, nos largábamos no más. El compañero Juan daría la orden de retirada. Ellos nos cubrirían, luego nosotros a ellos desde los taxis. A tres cuadras estarían los vehículos de recambio, una chevrolet C 10 y un auto particular.
El día había amanecido impecable. No hacía ni frío ni calor. Se podía decir que me sentía, no el descueve, pero bien, tranquilo, despejada la cabeza.
Con el Ricardo nos fuimos caminando a tomar el taxi a unas cuatro cuadras. Un cuarto de hora más tarde lo harían el Juan y la Betty hacia otra dirección. El compañero ’taxista’ pasó justo a la hora en la esquina convenida. Con él venía quien nos acompañaría, el número tres de nuestro grupo. Pedro, dijo que se llamaba. En un lugar de la ciudad nos topamos con el taxi del Juan, ya iba con ellos su número tres. De él, supondrás, nunca supe. Nos hallábamos cerca del punto. A unos diez minutos. Santiago, igual que siempre a esa hora, se veía, aunque agitado, inofensivo. ¿Sabes?, mientras miraba a la gente que iba y venía por las veredas, me parecía tan inocente, tan despreocupada, como si no fuera aquella la realidad sino la del mapa y los apuntes, era ilógico todo realmente, por no decir absurdo, que no me convencía ni yo mismo del tremendo lío en que me hallaba metido, ya que en ningún momento se me ocurría pensar en la muerte, ni en la mía ni en la de nadie. Era algo así como un juego, del que después todos nos pondríamos de buena.
Carlos trató de moverse, pero Gustavo lo retuvo de un brazo.
Espera, espera un poco.
Entramos en la calle del objetivo. Apenas llegamos al banco, como era en una esquina, estacionamos los taxis a cada lado y en marcha. El nuestro era el último. Nos pusimos los pasamontañas, nos armamos de los revólveres y abrimos las puertas, calculando, esperando que el compañero Juan, la Betty y el nuevo entraran al banco para irnos rápidos tras ellos. Según el compañero Juan, era una medida táctica por si se encontraban con sorpresas y se veían obligados a retirarse. En ese caso nosotros estaríamos listos para cubrirlos desde los taxis. Lo que no fue necesario, pues lo planeado iba bien hasta ese momento, así que entramos apuntando a todo el mundo. La situación estaba prácticamente controlada por el grupo del Juan, a pesar del despelote que se había armado ahí adentro. Sin titubeos, nos fuimos directo a las cajas.
Para qué te cuento, ni tiempo tuve para ver qué ocurría. Cerca de mí había una viejita que permanecía parada en una esquina y mordía la correa de su cartera. Ganas me dieron de decirle, mientras yo vaciaba las cajas en una bolsa, que no le íbamos a hacer nada.
Oyendo a Gustavo, en ese momento del relato, Carlos apenas respiraba.
Oía sólo voces, continuó diciendo Gustavo, y por más empeño que le ponía, sentía que todo estaba estático, tuve que mirar al Juan para ubicarme. Los cajeros estaban vueltos a la pared con las manos en la nuca. La idea era evitar al máximo el uso de la violencia extrema, no debía haber heridos ni balas. Lo que me intrigaba era no ver por ningún lado a los vigilantes. En una de ésas no le apunté a la bolsa y las monedas rodaron al suelo con estrépito infernal. Me dio vergüenza. Pensé en que probablemente los vigilantes los tenían encerrados en una pieza. Era lo que se intentaría. Por un levísimo instante tuve la sensación de que estaba sencillamente robando y no otra cosa. Me sentí solo, y por otro lado, demasiado sereno. Que las manos no me temblaran, era como mucho, ya que no soy persona fría de sangre que digamos.
Ya poh, Juan, da la orden, me dije.
Y vino precisamente. Quizá lo dije en voz alta. Vaya uno a saber.
Nos largamos. Tras nosotros, retrocediendo, el grupo del Juan. Nos parapetamos en las puertas del taxi, cubriendo la fuga, por si acaso, pero no se veía a nadie, por ningún lado.
Una vez en los vehículos, dijeron:
¡Vamos!
Recuerdo que me enderecé, me di vuelta para meterme al auto, yo era el último, cuando se oyó un, dos, tres disparos, uno de ellos me dio en la espalda.
Me arqueé, creo, por lo menos recuerdo así el dolor, y que me iba para atrás, y que me jalaban. Después oía voces lejanas, que alguien se quejaba.
¿A quién más habrán herido?, pensé, y finalmente el zumbido del motor adormeciéndome...
Fue lo último que recuerdo de mi anterior vida.
Pero gracias a que no sobreviví el balazo, pude enterarme de la verdad de los hechos: tú me disparaste, me reconociste, eras uno de los guardias del banco.Y lo hiciste porque estabas enamorado de la Cristina.
Gustavo...
No, Carlos, a mí, ni una palabra. Díceselo a ella, despiértala. Tú no tienes nada que hacer en esta casa; ella y el cabrochico, son míos.
Högdalen, Suecia, 1997.