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Resumen
- 02/11/2006 10:39 - En el linde de los hemisferios celestes
- 24/11/2006 02:01 - Crónica del viento en la isla, del buque fantasma y de la muchacha cuyo nombre hay que decirlo delicadamente, como se dice flor
02/11/2006
En el linde de los hemisferios celestes

En algún momento del viaje, cruzaríamos el incierto linde solar de los hemisferios celestes. Para verlo había puesto toda la vigilancia en los relojes. Sin embargo, nuevamente lo sentía escurrirse en los pocos segundos que dura la conjunción de la rotación de la tierra y el vuelo. Era una inesperada niebla por los costados y una nube extensa, espesa y gris debajo del avión, sobre el Atlántico, las que me lo negaban.
Me recosté en el asiento y cerré los ojos, decepcionado, aunque sólo por un instante. Al abrirlos, vi en la ventanilla, la noche sobre el extenso cúmulo. Mientras en la del otro lado, veía el alba de oriente, pálida luz derramada sobre la ennegrecida nube.
Giramos, levemente, y en algún momento del efímero tránsito, en la punta del ala brillaron los primeros rayos del Sol de la mañana.
¡Qué visión de dioses!
Sin embargo humana, porque el ánimo [ aun cuando se hallaba maravillado ] seguía estando en el linde de hemisferios contrarios, en el diálogo de las dudas y las certidumbres, marcado por el profundo rastro de idas y venidas, mientras el avión rutilaba en la claridad que nos traía hacia la hermosa vieja Europa.
Lilla Essingen, Estocolmo. 02 Nov. 2006
Como olvidado por Dios
Esta tarde nuevamente he andado solo. He visto el Sol, el vuelo de los patos silvestres, el paso de una nube hacia el Mar Báltico y la caída de una hoja de arce, la misma que vi caer del árbol frente a mi casa de Chillán, antes de dejarla. Algunas personas se me han acercado y me han hablado. Yo les he respondido con lo único que me queda: esta mirada. Después anduve por placenteros lugares y calles cuyos nombres reconozco adonde vaya: Libertad, O'Higgins, Claudio Arrau, Carrera, Dieciocho, Plaza de Armas. Al llegar a este último lugar, alegre me sentí porque me salieron amigos al encuentro a abrazarme. Me decían: «Harold, ¿qué te ha ocurrido?», porque ellos sí que sabían leer en mis ojos. Entonces yo les respondía: «Es que no puedo hallar mi casa». Asombrados me miraban. Y cuando se disponían a darme las señales, ya era noche y ventisca en Estocolmo, por lo que tenía que seguir mi camino a tientas, ciego, ciego, como olvidado por Dios.
Lilla Essingen, Estocolmo.17 Nov.2006
Si esta noche sueño contigo
Si esta noche sueño contigo, mi amor, quisiera pedirte que nos detuviéramos por un instante a contemplar el dormido; darnos tiempo, acercarnos, que le susurres terneces; no estaría de más que le pasaras la mano por el cabello mientras yo le acomodo los cobertores y la almohada; incluso, si tú quisieras, podrías, ya dispuestos a salir a dar nuestra acostumbrada caminata nocturna, besarlo en la mejilla o en la frente, en gratitud de nosotros dos. Después, tarde después, cuando hayamos regresado, antes de despedirnos en su huerto, antes de disiparnos,podrías esperar, quedarte un rato más [ amor ¿qué es un rato en el sueño? ] para acicalarlo, secarle el dorso, los brazos, pues húmedos estarán de la celeste niebla. Es que quiero que lo acompañes a cruzar el alba, a entrar en el día, pues su vida está hecha de tu visita en el sueño y mi vigilia.
Lilla Essingen, Estocolmo.18 Nov. 2006
El cisne
Hoy el Sol pasó lejos de la ciudad, por sobre los campos,pálido, agripado. Una brisa se levantó, me sacudió los cabellos, tuve que apartármelos de los ojos. Los arbustos encogieron los hombros. Las leves olas del lago venían hasta a la orilla, a marcar sus celosos lindes. La Luna apareció detrás de una colina, ni siquiera esperó a que el cielo estuviera completamente oscuro. Ahí estaba, un seno que a la noche se le había escapado de la blusa. De pronto resplandeció un cisne. Su blanco plumaje él lo desplazaba en la tersa y azulosa agua del lago, encogido el cuello, como poniendo la interrogante en medio de la retórica.
Lilla Essingen, Estocolmo.19 Nov. 2006
La mano del Mago
Mi mano, hecha un cuenco, la he sumergido en el lago y la he sacado rebosante de agua. Al acercarla, veo en ella el cielo de otoño, en el cielo de otoño, una nube, y en la nube, una ligera, trémula, cimbreante rama de arce vestida apenas con una hoja. No saciaría mi sed ni que me llevara siete veces el cuenco a los labios. Cuando voy a dejar escurrir el agua por entre los dedos, veo a mi Eva que se baña en la íntima poza del lago de la mano. Un brisa siento venir por entre los troncos de los árboles. Pronto caerá la última hoja de otoño.
Lilla Essingen, Estocolmo. 22 Nov. 2006
24/11/2006
Crónica del viento en la isla, del buque fantasma y de la muchacha cuyo nombre hay que decirlo delicadamente, como se dice flor

Anoche el viento anduvo dando vueltas por la isla; primero estuvo en la playa de los agracejos; a nadie le cuesta reconocer el sonido de ramas secas de los arbustos cuando las refriega en las rocas que hacen de embasamiento de los edificios; después se fue a los botes; mástiles y jarcias, unos con otras se azotaban; abajo, el agua hacía glog glog al golpearse en las panzas de los navíos. Comprendí, entonces, que me hallaba más en el sueño que en el desvelo, de otro modo no hubiera sabido que en cuanto giraran las constelaciones boreales hacia la morada de Dios [ pues quedan abiertas las puertas del Desamparo ] el viento se vendría calle arriba, esquivando las brisas solares que revolotean alrededor de las luminarias de neón, y que subiría hasta los bloques de apartamentos a descifrar, como suele intentarlo en las horas nocturnas, los códigos secretos de la entrada, inútilmente, porque las hojas secas de los arces los ocultan en las madrigueras de lo Inaccesible. Ceñudo, envuelto en su capa pluvial, endilgó hacia el parquecito de los abedules donde merodean metáforas y patos silvestres. Verde se le puso la cara con la luz de la Luna que invernaba en la chimenea de ladrillos del asilo de ancianos. Arrogante, se pasó por el cuero la mano helada de sí mismo; enseguida comenzó a silbar una canción mortecina, sucia de escamas. Nos cruzamos cuando yo bajaba al lago a embarcarme en el primer buque fantasma que pasara, en pos de mi hogar del otro lado del mundo. Me puso facha de saludo, pero lo dejé con la noche en la boca. A lo marinero borracho, desde la esquina, me gritó: «¡Linda chica, eh!» Enseguida me silabeó el nombre de ella. Estuve a punto de volcarle los canastos de pescados que había puesto sobre una red petrificada. Dijo algo más; me parece que musitó el nombre de la joven, esta vez delicadamente, como se dice flor. Sollozar, lo sentí, creo, no sé, no puedo asegurarlo ¿qué sabe uno de las sensibilidades del viento? Lo cierto es que de aquella oscuridad vino la garúa que entristeció las velas del buque fantasma y que lo hizo naufragar en las aguas de mis ojos, por lo que tuve que volverme, a ver si hallaba otra manera de salir de la isla. En casa no pude entrar al mismo sueño, pues el viento se había ido por el Mälar, aguas arriba, en su navío de frío y niebla, y el sueño que vino enseguida, el de antes del alba, no lo recuerdo ¿Quién recuerda esas imágenes sobre expuestas al rocío? Y aquí estoy, con el diario en la mesa del desayuno. Una noticia dice que el viento anda por Noruega cazando alces. Al lado de ésta, la historia de la muchacha del dulce nombre, la que espera al amado en un rincón del planeta, con un pote de su miel y con su flor de musgo, y debajo de la crónica, un anuncio de navegación: Buque fantasma zarpa esta noche, siempre y cuando.
Lilla Essingen, Estocolmo.