Prosas nórdicas

Saga de un astrónomo azteca y un poeta
Era cuando la Luna cruzó por primera vez el cielo, pálida luciente por detrás del campanario de la Iglesia Katarina, espantando las palomas que volaron como monjas gustosas de reírse en el aire del monseñor que suele estar sentado en un banco del cementerio, comiendo palomitas de maíz.
Un astrónomo azteca que apuntó el hecho estelar en su pasaporte extendido en tiempos de exilio por la Organización Mundial de Naciones, noticioso llamó a su amigo poeta que pensaba en una rotura en el cielo o en un globo de la propaganda dadaísta.
Parada en la puerta de la Casa del Pueblo, la hija del peluquero comunista, emblanquecida deliraba no sé qué palabras, cubriéndose los senos con sus manos delgadas de cuyas uñas manaba su leche de muchacha virgen y casta.
A las tres de la madrugada, vino la ambulancia o el coche de la firma que repara antenas de televisión a buscar al poeta que eufórico se había encaramado en el alero de la iglesia a escupir al monseñor que se guarecía con un paraguas hecho con alas de murciélago.
Todos recuerdan la primera vez que la Luna cruzó el cielo, no por los extraños sucesos que acontecieron a causa del fenómeno, sino más por las palabras escritas en los muros con leche fresca que decían:
«Hoy es el primer día de nuestra Era».
96.1.22
Saga con locos, poetas y ermitaños
Más vale echarse a la orilla del camino trazado por el loco que creía ver a un ermitaño modelar un árbol con la nieve cayente de la mirada de una muchacha cuyo nombre era... ¿cómo es que se llamaba? Se dice que se podía saber si uno iba a la playa de la roca que arrojaba trozos de pan a los patos silvestres y suspiros al transatlántico [ el que transporta la esfera de los astrólogos, conocida antiguamente con el nombre de Luna, aunque de luna no queda sino una pupila profunda llena de vuelos ].
O más vale echarse a la orilla del camino transitado por las palabras con formas de hojas masticadas por el ermitaño o por el loco que aseguraba oír labios decir besos en el pecho del poeta que en la playa modelaba con trozos de pan un recuerdo. El recuerdo modelado tenía el cabello largo hasta la cintura de la Luna que el transatlántico se llevaba a través del ojo del Báltico.
O mejor sería echarse a la orilla del abismo y resignarse, pues aunque brillante sea nuestra obra —como toda obra del amor o del delirio—, es efímera, ya que rodando vendrá siempre una ola y la derribará como a un castillo de peces.
95.diciembre.
Saga del poeta que tocaba en su ocarina una hermosa melodía provenzal
El salió a la mañana no con los brazos abiertos sino con su corazón como brazos de crucifijo porque el paisaje de nieve maravillosamente sin sol estaba en calma de tal forma que una actitud metafísica tenían los árboles cuyas copas chispeaban enjambres de pájaros que en la noche anterior habían venido de otras épocas.
Reconoció asimismo en aquella mañana una claridad celestial en algún rincón del cielo emplumado de ángeles polares.
Por eso dijo con los brazos abiertos en su corazón:
—¡Dios mío, tú existes!
Después fue y se sentó donde una vez sentada estuvo la muchacha que se perdió en la memoria del invierno.
Naturalmente pensó en ella y como siempre que pensaba en ella se acordaba de la música, comenzó a tocar la ocarina que un dios artesano le vendió por un puñado de palabras en español para escribir un poema amoroso.
Y tocando estaba así la ocarina cuando pasó por el camino la vez aquella en que iban de la mano, y triste se puso, tan triste que la ocarina comenzó a sonar por su cuenta, por su cuenta o brisa era sólo en la memoria de los abedules en esa mañana de nieve y de cielo emplumado de ángeles polares en que los árboles tenían una actitud metafísica y había un asiento solitario a orilla del camino.
96.4.19
