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Resumen
- 04/06/2007 03:26 - Jorge Luis Borges
- 12/06/2007 01:18 - La muchacha de la ventana
- 30/06/2007 03:09 - Noche de San Juan en Santa Cruz ( Cerro Apalta )
04/06/2007
Jorge Luis Borges
He soñado con un poema cuyas palabras no reconocí al releerlo después en la biblioteca, pese a atreverme con el nombre, el que se me apareció en la mente en cuanto abrí los ojos [ acaso un truco de la consciencia para rescatar lo soñado ] Su nombre, cualquiera que haya sido, no estaba hecho de las palabras del uso sino de aquellas del acertijo, cuando en el mundo se hablaba para venerar al Silencio. Al observarlo, las letras del título [ abiertas a lectores de diversas lenguas ] giraban sobre el corpus verbal invitándome a ver su luz íntima. Seducido, parado en su atrio, entraba yo por una puerta y me iba por un largo sueño que acababa en el mismo atrio, ahora ante un postigo*, de suerte que en este sorpresivo laberinto salía yo de un sueño y luego entraba en otro, como en una constante Epifanía. Al fin, extraviado, la luz implacable del nuevo día me salpicó los párpados, abrí los ojos. Seres, cosas y ambientes se recogieron apresurados a través de mis pupilas a la secretísima residencia, dejándome solo en la hoja blanca de la mañana, solo y afligido ante la irreparable pérdida: ¿Era ésa la rosa profunda, ilimitada, íntima, la que el Señor nunca mostrará a mis ojos abiertos?* Postigo: Puerta chica abierta en otra menor. || Según el autor, más que una frase, un texto que se inserta en otro formando sentido por sí solo. || Signo que indica dicha intercalación.
12/06/2007
La muchacha de la ventana

Wer, wenn ich schriee, hörte mich denn aus der Engel
Ordnungen? RAINER MARIA RILKE *
* ¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas?
30/06/2007
Noche de San Juan en Santa Cruz ( Cerro Apalta )

Aquella noche de junio, alumbrados por la Luna, bajaban por la colina llevando al hombro sus hoces argentadas [ especie de anclas fundidas en agua de pozo bebedizo ] y sus escobones, azulados por el hollín de la soledad de la cima. Su labor era armar los almiares con las plumas segadas para los edredones de los sueños y abalear los resplandores de la cumbre. Traían los ojos oscuros, los labios apretados por cuyas estrechas comisuras echaban el humillo de sus cigarros de hojas de dulcamara selênitês, arbusto que crece en las grietas encaramadas y que desgranan sus frutos parecidos a las luciérnagas cuando es Luna nueva. Una de las siluetas dicen murmuró entre los espinos el dulce nombre de la muchacha. Los que iban cerca aseguran que en ningún momento desentumeció los labios, que lo único que se oyó fue el graznido de una lechuza y un aleteo imaginado. Ni siquiera cuando el puñal que vino del lado oscuro a hundirse en su espalda, se le oyó emitir quejido. Incluso, tirado ya de bruces en una grada de la falda del cerro, sólo se veía salir debajo de la cabeza, el tufillo de la última chupada de su cigarro. Ninguno se detuvo más de lo indispensable, precisamente lo que ha de haber durado el asombro [ nadie, por hombría, quiso pensar para sí la palabra espanto ] Todavía sintieron algo; fue el desasosiego de los cóndores encaramados en los filos de las rocas mudas y severas. Mucho faltaba para el alba, así que la Muerte tuvo toda la santa noche para velarlo. Bajaron brincando por el faldeo, corriendo, buscando la umbrosa morbidez de los callejones de la población, sin embargo en la memoria de esa nocturnidad, la huida nunca ha dejado de ser lenta, espesa, morosa. Es como si una mirada sin pestañear la retuviera, una mirada que buscara distinguir entre aquellas sombras huidizas, la que lleva de la muerte, el nimbo delator.