Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2007.
Resumen
- 05/09/2007 03:51 - El bonete negro ( El códice perdido del poeta )
- 22/09/2007 04:45 - Prosas nórdicas
05/09/2007
El bonete negro ( El códice perdido del poeta )

Dedicado a Claude Garamond
Se cuenta que el poeta, cubierto con un bonete negro, cruzó a mediodía la diagonal de la Plaza de Armas de Chillán con su libro bajo el brazo. Seguramente sentía en el codo las palpitaciones de las imágenes impresas en hojas de estameña descolorida, diseñadas por el ánima de Claude Garamond. Las tapas eran de cartón piedra humedecido en el manantial donde el canastero analfabeto suele remojar la urdimbre de su desamparo. Amistoso o atraído por la luz de su mirada de más allá de los lindes, el artesano le ayudó a secarlas en los tenderos a los visos del atardecer, hasta dejarlas como papiro de los sagrarios, además le ayudó a encuadernarlo, alumbrados con la candelilla de los álamos blancos. Una vez acabada la labor, el poeta leyó para él algunas páginas, mientras el canastero tejía una cesta para guardar viñetas abaciales y diseños de canastos imposibles según los cuales han de ser tan profundos que contengan las preguntas esenciales de la existencia de un individuo y que sus varitas no dejen por nada del mundo de cimbrarse si sienten la brisa del valle de Colchagua, como gustan de hacer en el mimbreral junto a la fuente. El canastero, llegada la hora de marcharse el poeta, le extendió la mano con un bonete negro. «De un aguatero colonial», le dijo sonriente. Todavía estaba oscuro. Aquella noche no había habido luna, lo único era el rodete que de pasárselo viendo el cielo en el agua del saetín, se había puesto a agitar sus álabes de lucero en las brisas solares nocturnas que bajan de las colinas, como las imágenes del poeta que un mediodía de invierno caminaba cruzando diagonalmente la Plaza de Armas con sus libro bajo el brazo, hasta que se detuvo a esperar la luz verde de los semáforos nigromantes. Detrás, oculto en el poste, el jenízaro de la Sociedad Literaria [ morado los labios por el oficio ] lo aguardaba en compañía de otros escribidores para arrebatarle el manuscrito. Hubo humo de palabras quemadas y hubo músculos torcidos en la cara y en la mirada alrededor del poeta. Después carreras. Silencio. Es todo lo que se dice. Los testigos huyeron tras el trirreme de los atacantes. Ni la prensa local lo registró en sus crónicas. Se cree que el anciano Redactor del diario ocultó los caracteres de estaño aplomado y roció con la raspadura de su medalla de metal innoble los clisés testimoniales [ algo parecido había hecho en la Edad Media, cuando se vio mucho ángel por las calles y los mataban como si fueran cisnes infestados de fiebre; por lo que le dieron la medalla ] Tampoco la universidad dijo algo. Sus profesores, repantigándose, ebriosos, oliscaron y pasaron al habitual acto consistente en desollar libros frescos. En tanto el Alcalde optó por resignarse a mirar a través de la ventana de su municipio. Silencioso ha de estar haciéndolo cada mañana, como un almuecín cesante, porque el bonete negro permanece. Y quizá cuánto tiempo lleva entre las hojas secas de la esquina puesto que desde entonces nadie distingue la calle de la Realidad ni la de la Memoria [ por una fluyen los sueños del día y por la otra, los de la noche ] No muy diferente es la suerte del jenízaro, que sombrío, mordido por dentro, en vano espera hallar con sus colegas de la Sociedad Literaria, la forma de deshacerse de la imagen del sombrero cónico que se mueve con la brisa huraña de aquel mediodía y con el aliento de sus temores. Eso en cuanto al bonete. Del códice poco o nada se sabe. Se dice que fue arrojado al estero Las Toscas, que las aguas lo arrastraron hasta un gran río, después el mar, una red, un bote, una playa, una carreta por los montes santacruzanos, una sombra, un zaceo, una brusca desavenencia entre los bueyes, el libro salta a la hierba, despacio palidecido por el silencio de la Luna, luego un ave o bien una mano del aire, y alguien que ha de haberlo visto ir deslizándose por la ribera de un arroyo al mimbreral del canastero [ por Dios, no olvidéis al noble artesano amigo ] quien al cabo pudo tejer [ con las líneas nocturnales ] sus cestas imposibles. Un buen fin para esta lectura, ciertamente. Sin embargo la historia sigue, la trama de suyo es inacabable. Y como sea [ ilusión, suceso, letras o fantasía ] hemos de aceptarla como verdadera ya que siempre se dice; y siendo así, ¿qué palabra puede ser más que ella misma?
La muerte del amor
Después del amor uno asciende por la escalinata espiral hacia la luz hojeando [ terrible y risueño ] sus manuscritos a ver si en una de las palabras hay visos del fuego, dejos de la ilusión o algo de la humedad de los labios o de los ojos y no sólo el eco que es la voz de la Nada. En vano buscamos hacia adelante o hacia atrás en el ansia de entrar en el sueño o de reanimar el amor muerto. Las palabras ahora son mera lectura. Oraciones, sintaxis, sujeto y predicado. Corpus nominal de una de las tantas circunstancias de la vida de un individuo, las que bien pueden ser reales o inventadas, es lo que nunca se sabe, en todo caso, sobra, pues, ¿a quién podría importarle? Las palabras [ las personas ] son bichos que se alimentan de palabras. El resto [ con desgano os lo recuerdo ] es carne de la vieja Zoología.
24 de agosto de 2007
22/09/2007
Prosas nórdicas

Saga de un astrónomo azteca y un poeta
Era cuando la Luna cruzó por primera vez el cielo, pálida luciente por detrás del campanario de la Iglesia Katarina, espantando las palomas que volaron como monjas gustosas de reírse en el aire del monseñor que suele estar sentado en un banco del cementerio, comiendo palomitas de maíz.
Un astrónomo azteca que apuntó el hecho estelar en su pasaporte extendido en tiempos de exilio por la Organización Mundial de Naciones, noticioso llamó a su amigo poeta que pensaba en una rotura en el cielo o en un globo de la propaganda dadaísta.
Parada en la puerta de la Casa del Pueblo, la hija del peluquero comunista, emblanquecida deliraba no sé qué palabras, cubriéndose los senos con sus manos delgadas de cuyas uñas manaba su leche de muchacha virgen y casta.
A las tres de la madrugada, vino la ambulancia o el coche de la firma que repara antenas de televisión a buscar al poeta que eufórico se había encaramado en el alero de la iglesia a escupir al monseñor que se guarecía con un paraguas hecho con alas de murciélago.
Todos recuerdan la primera vez que la Luna cruzó el cielo, no por los extraños sucesos que acontecieron a causa del fenómeno, sino más por las palabras escritas en los muros con leche fresca que decían:
«Hoy es el primer día de nuestra Era».
96.1.22
Saga con locos, poetas y ermitaños
Más vale echarse a la orilla del camino trazado por el loco que creía ver a un ermitaño modelar un árbol con la nieve cayente de la mirada de una muchacha cuyo nombre era... ¿cómo es que se llamaba? Se dice que se podía saber si uno iba a la playa de la roca que arrojaba trozos de pan a los patos silvestres y suspiros al transatlántico [ el que transporta la esfera de los astrólogos, conocida antiguamente con el nombre de Luna, aunque de luna no queda sino una pupila profunda llena de vuelos ].
O más vale echarse a la orilla del camino transitado por las palabras con formas de hojas masticadas por el ermitaño o por el loco que aseguraba oír labios decir besos en el pecho del poeta que en la playa modelaba con trozos de pan un recuerdo. El recuerdo modelado tenía el cabello largo hasta la cintura de la Luna que el transatlántico se llevaba a través del ojo del Báltico.
O mejor sería echarse a la orilla del abismo y resignarse, pues aunque brillante sea nuestra obra —como toda obra del amor o del delirio—, es efímera, ya que rodando vendrá siempre una ola y la derribará como a un castillo de peces.
95.diciembre.
Saga del poeta que tocaba en su ocarina una hermosa melodía provenzal
El salió a la mañana no con los brazos abiertos sino con su corazón como brazos de crucifijo porque el paisaje de nieve maravillosamente sin sol estaba en calma de tal forma que una actitud metafísica tenían los árboles cuyas copas chispeaban enjambres de pájaros que en la noche anterior habían venido de otras épocas.
Reconoció asimismo en aquella mañana una claridad celestial en algún rincón del cielo emplumado de ángeles polares.
Por eso dijo con los brazos abiertos en su corazón:
—¡Dios mío, tú existes!
Después fue y se sentó donde una vez sentada estuvo la muchacha que se perdió en la memoria del invierno.
Naturalmente pensó en ella y como siempre que pensaba en ella se acordaba de la música, comenzó a tocar la ocarina que un dios artesano le vendió por un puñado de palabras en español para escribir un poema amoroso.
Y tocando estaba así la ocarina cuando pasó por el camino la vez aquella en que iban de la mano, y triste se puso, tan triste que la ocarina comenzó a sonar por su cuenta, por su cuenta o brisa era sólo en la memoria de los abedules en esa mañana de nieve y de cielo emplumado de ángeles polares en que los árboles tenían una actitud metafísica y había un asiento solitario a orilla del camino.
96.4.19