El malecón

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La brisa rozó la hoja de otoño, se inquietó el árbol, se inquietó el pájaro en la rama, se movieron las cortinas. ¿Qué es lo que sintió la hoja que no sintiera la muchacha asomada a la ventana de su dormitorio? La llave goteaba sobre la tina donde se había bañado. Se había estado bien en la playa. Las olas le llegaban hasta sus pies desnudos, la cogían de los tobillos con manos de espuma. En su memoria, la sombra que está detrás de ella, la abraza, la besa. Bebieron esa noche en el bar de la costanera. En el camino, la sombra, aprovechada de la ceguera de los besos, se la fue llevando por la oscuridad más densa del malecón, y ahí la apretó contra la fría piedra. La sal se comía el hierro del muelle, la madera y el cuerpo muerto de una gaviota. ¿Vio ella la Luna que desaparecía tras una nube? Nadie ha de haber oído su espasmo que se confundió con los gritos de las cormoranes. Y muchas fueron las noches hasta que se les fue el estío. La constelación siguió el vuelo de las aves que buscan el azul de otros planetas; ellos, los cafés y los bares de la ciudad, el alcohol, el humo de los cigarrillos, con las manos frías pues les era imposible recordar aquellas noches, como si el vaho de la lluvia o el humo de los cigarrillos se las tornase difusas. Por eso ella [ cuando vio caer la hoja y volar el pájaro hacia la oscuridad ] pensó en aquellas olas del mar que habían de estar ahora estrellándose contra el malecón. Cruzó los brazos, friccionándoselos. Su sombra, luego, cerró la ventana y corrió las cortinas.

Estocolmo, 11 de abril de 2008.

19/04/2008 03:10.

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