La Caravana

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Los vi venir desde el linde de las tierras, al atardecer, precisamente en el rato [ regresaban las garzas a los reposos del Edén ] en que me congrutalaba con el día por acabar su ciclo [ en aquel año seco, ondulante y emblanquecido por la blanca luz del cielo roto ] sin desdichas en el pueblo [ Desde el horizonte, el año anterior, tesoreros municipales habían estado alquitranando La Ruta del Destino que cruza el pueblo y se pierde entre los riachos del valle y las labores de los labriegos, hasta que se les acabó la negrura] El primero en aparecer fue el hombre, cuya sombra era remarcada por la luz cortada a cuchillo de la hora. Del hombro izquierdo le colgaba el largo morral de su historia. Tras él venían dos mujeres y un adolescente, las que portaban escarcelas embarazosas, en tanto el muchacho, mochila anciana. Había alrededor del grupo un nimbo de polvo que lo doraba. Al primer hombre, a medida que se acercaba, se le iban distinguiendo los rasgos de la andadura y las vendas de la ropa [ de ésa de los escapados de la guerra ] Incluso pude oír su rastro y el susurro que lo unía a los otros. Al último apareció el grupo grande, disparejo, arrítmicamente moviéndose, avanzando. En ese instante advertí que me hallaba en la esquina sin haber tenido la precaución de fijarme si había gente en el entorno; no tuve tiempo para pensar en la palabra desamparo pues la fui sintiendo de a poco con la aproximación de los afuereños, como si el taco de sus gastados zapatos me la fuese deletreando. El hombre del morral ya se hallaba a media cuadra, claramente oía su huella [ por lo menos en mi oído sentía las pisadas ] Levanté con disimulo la punta de la manga para ver la hora en el reloj y sólo hallé la esfera de una brújula donde se me indicaba una dirección más allá de los puntos cardinales. La Luna estaba sobre el campanario de Las Malaventuras, borrosa por la luz que se apagaba, y teñida por el color violeta del horizonte. Aun peor, rápidamente anocheció. Así los ojos del grupo resplandecieron y sus pies se silenciaron como si fueran de polvo, mientras el hombre de la esquina desentumecía las piernas, sin dejar de vigilarnos por debajo de su sombrero ambiguo, hasta que nuestra sucia astrosa ausencia paso a paso lo fue oscureciendo [ es que no otro era su destino ] Ni siquiera lo vimos cuando bordeamos la esquina, a pesar de que la Luna alumbraba el centro del pueblo con su iris de piedra.

3 de mayo de 2008 Santa Cruz, Chile

06/05/2008 08:12.

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