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Resumen
- 09/04/2008 03:27 - Cuatro escritos de Estocolmo
09/04/2008
Cuatro escritos de Estocolmo

Acerca de un reflejo en el agua
El instante se disuelve. No en el agua de las horas sino en el agua propia [ Nos atrae esa ave en el lago Si adivinastes el ave por su gracia, te pido que dejes de lado ese detalle ] Pues sin instante, del Tiempo, ¿quién daría fe de su forma? [ Se nos hace tarde ] Por eso en nosotros permanece lo vivido. Lo que nunca alcanzarán las palabras [ Suena una campana Nos alejamos ] La Memoria es íntima, secreta, tiene sus caminos, aunque es uno el que camina, no ella, carrusel del ahora [ De vez en vez aquí dentro, volvemos a ver el ave aquella así como a oír de nuevo una campana ] Mas no olvidemos, aquí afuera la soledad nos sigue como una sombra.
Estocolmo, 4 de abril 2008 (Corregido el 11 de junio, 2008)
Donde reposan los restos de Lacan y Freud Cansado estaba de los visitantes de los sueños, al fin de cuentas no eran sino individuos invertebrados que se colaban por los resquicios de las moradas. Una noche [ es decir, en su día de penumbras, deshuesado como ellos ] vinieron con la apariencia de los míos o de gente que habré visto al pasar en el camino de la vida, para sacarme de mi casa y llevarme [ vaya uno a resistirse, no más los sigue ] hasta la entrada de un subterráneo cuya escalera se perdía [ me parecía húmeda ] en la oscuridad descrita en una lectura [ estuve a punto de recordar el libro pero diligentes ellos me distrajeron con gestos de invite ] Pese a su insistencia, les dije [ apartando el codo de sus manos ] que los años me habían enseñado a ver en ellos meros saltimbanquis de una oscura y mañosa psicología y que por nada del mundo del sol descendería por esos inciertos peldaños. De inmediato di media vuelta dispuesto a ponerme en camino de regreso a casa a esperar la claridad inicial de la vigilia. Sin embargo descendí sumisamente por la escalera que se hundía en la espesura de la sombra. Desde entonces, apenas llega el sueño, me cuelo por uno de los resquicios de la morada, aparentando ser ése que duerme junto a una mujer, para llevarle con artimañas [ mientras está dormido ] a continuar descendiendo por la escalera tortuosa por la cual se llega al último sueño, en el que están tirados los restos de la sibilina de Delfos y los de Lacan y Freud. Estocolmo,9 de abril de 2008 El malecón
La brisa rozó la hoja de otoño, se inquietó el árbol, se inquietó el pájaro en la rama, se movieron las cortinas. ¿Qué es lo que sintió la hoja que no sintiera la muchacha asomada a la ventana de su dormitorio? La llave goteaba sobre la tina donde se había bañado. Se había estado bien en la playa. Las olas le llegaban hasta sus pies desnudos, la cogían de los tobillos con manos de espuma. En su memoria, la sombra que está detrás de ella, la abraza, la besa. Bebieron esa noche en el bar de la costanera. En el camino, la sombra, aprovechada de la ceguera de los besos, se la fue llevando por la oscuridad más densa del malecón, y ahí la apretó contra la fría piedra. La sal se comía el hierro del muelle, la madera y el cuerpo muerto de una gaviota. ¿Vio ella la Luna que desaparecía tras una nube? Nadie ha de haber oído su espasmo que se confundió con los gritos de las cormoranes. Y muchas fueron las noches hasta que se les fue el estío. La constelación siguió el vuelo de las aves que buscan el azul de otros planetas; ellos, los cafés y los bares de la ciudad, el alcohol, el humo de los cigarrillos, con las manos frías pues les era imposible recordar aquellas noches, como si el vaho de la lluvia o el humo de los cigarrillos se las tornase difusas. Por eso ella [ cuando vio caer la hoja y volar el pájaro hacia la oscuridad ] pensó en aquellas olas del mar que habían de estar ahora estrellándose contra el malecón. Cruzó los brazos, friccionándoselos. Su sombra, luego, cerró la ventana y corrió las cortinas.
Estocolmo, 11 de abril de 2008.
Gamla Stan
Aunque ya no era el siglo [ habían borrado los urbanistas de la Muerte y del Tiempo, las huellas delatoras ] ni el ambiente, ni las personas ni los pájaros [ mensajeros del Futuro, o Preteritum, en lengua aviaria ] de algún modo a mi oído llegaba [ al imaginar la ciudad de entonces ] el rumor de la remota vida civil del medievo, soterrada, aristotélica, tan inmaterial en el día como concreta en la noche, cuando, dormido, me internaba en las tinieblas íntimas en las que las puertas siempre están abiertas [ inundadas las piezas de una realidad aún en estado líquido ] Luego cruzaba el umbral de una de ellas, después daba en un sitio en el que la evidencia del burgo era una feria donde venían las gentes sin prejuicios de épocas ni de lenguas, pues conversaban, ofrecían secretos, sueños, acertijos o aprensiones. Se me dijo [ en cuanto leyeron en mi mente el comentario ] que era ciego mi parecer. «Notad [ me dijo uno, poniendo su mano en mi hombro ] Nadie mueve los labios ni se ve el aire adquirir forma de palabra, ni de sílaba. En cambio, fijá bien en los ojos». Eran túneles de los cuales salían constelaciones inéditas, en hatos, o si no calaveras, en racimos, o si no arena de relojes, en flujo, o pálidos códices que sangraban de las heridas góticas o dogmas. «¿O es que me he extraviado?», me dije en el año de un mil dos cientos o de un mil novecientos ochenta y solitario. Tintineaban los cascabeles de las puntas de su gorro de locos al agitar la cabeza, enseguida se iba con su cítara, gracioso, recitando mi historia desde el momento en que entro en La Ciudad Vieja de Estocolmo con la indigencia de mi exilio y sin más lengua que mi románica bastardía: Aunque ya no era el siglo / ni la ciudad de entonces..., decía, mirándome de cuando en cuando, mientras a los techos llegaban bandadas de pájaros pletóricos de sombríos augurios.
*La Ciudad Vieja Estocolmo, 26 de abril de 2008.