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18/11/2007
Ejercicio de escritura
( Esbozo para una Naturaleza Muerta )

-Hypocrite lecteur, -mon senblable,- mon frère! CH. BAUDELAIRE
Una frutera en el aparador, en un aparador con espejo; también el espejo tiene una frutera, además, se ve alguien ahí dentro del cristal [ no sé qué hace ]La frutera.
La frutera es de porcelana blanca. En ella hay un racimo de uva moscatel, un caqui y tres naranjas. Y en la del espejo, que también es de porcelana blanca, hay tres naranjas, un caqui, un racimo de uva moscatel.
Él.
Él es un tipo común que se da aires de suficiencia.
Simula estar ocupado observando la frutera siendo que únicamente quiere adivinar mis pensamientos.
Siento que ahora se está mofando de mí, porque cuando miro hacia la derecha, él mira hacia la izquierda, y cuando me paso los dedos por una mejilla, él se los pasa por la otra.
Esboza una sonrisa.
Finalmente ha logrado inquietarme. Su mirada denota estar enterado de la historia de mi vida.
Lo odio.
No obstante hay algo que me consuela: creo [ gracias al fastidio de llevarme la contraria ] que puedo controlar sus movimientos, ya que si quiero que dirija la vista hacia ese lado, me basta con hacerlo hacia este otro, y si quiero que levante la mano, él hará exactamente lo que espero.
¿Exactamente?
Exactamente no, porque como ya he dicho, si yo levanto la mano derecha, él levanta la izquierda...
¿O no será él quien primero levanta la mano?
Me ha confundido.
Abandonar quiero este escrito.
Es que se me acaba el aire, incluso no siento frío ni nada, es como si yo fuera de azogue.
05/09/2007
El bonete negro ( El códice perdido del poeta )

Dedicado a Claude Garamond
Se cuenta que el poeta, cubierto con un bonete negro, cruzó a mediodía la diagonal de la Plaza de Armas de Chillán con su libro bajo el brazo. Seguramente sentía en el codo las palpitaciones de las imágenes impresas en hojas de estameña descolorida, diseñadas por el ánima de Claude Garamond. Las tapas eran de cartón piedra humedecido en el manantial donde el canastero analfabeto suele remojar la urdimbre de su desamparo. Amistoso o atraído por la luz de su mirada de más allá de los lindes, el artesano le ayudó a secarlas en los tenderos a los visos del atardecer, hasta dejarlas como papiro de los sagrarios, además le ayudó a encuadernarlo, alumbrados con la candelilla de los álamos blancos. Una vez acabada la labor, el poeta leyó para él algunas páginas, mientras el canastero tejía una cesta para guardar viñetas abaciales y diseños de canastos imposibles según los cuales han de ser tan profundos que contengan las preguntas esenciales de la existencia de un individuo y que sus varitas no dejen por nada del mundo de cimbrarse si sienten la brisa del valle de Colchagua, como gustan de hacer en el mimbreral junto a la fuente. El canastero, llegada la hora de marcharse el poeta, le extendió la mano con un bonete negro. «De un aguatero colonial», le dijo sonriente. Todavía estaba oscuro. Aquella noche no había habido luna, lo único era el rodete que de pasárselo viendo el cielo en el agua del saetín, se había puesto a agitar sus álabes de lucero en las brisas solares nocturnas que bajan de las colinas, como las imágenes del poeta que un mediodía de invierno caminaba cruzando diagonalmente la Plaza de Armas con sus libro bajo el brazo, hasta que se detuvo a esperar la luz verde de los semáforos nigromantes. Detrás, oculto en el poste, el jenízaro de la Sociedad Literaria [ morado los labios por el oficio ] lo aguardaba en compañía de otros escribidores para arrebatarle el manuscrito. Hubo humo de palabras quemadas y hubo músculos torcidos en la cara y en la mirada alrededor del poeta. Después carreras. Silencio. Es todo lo que se dice. Los testigos huyeron tras el trirreme de los atacantes. Ni la prensa local lo registró en sus crónicas. Se cree que el anciano Redactor del diario ocultó los caracteres de estaño aplomado y roció con la raspadura de su medalla de metal innoble los clisés testimoniales [ algo parecido había hecho en la Edad Media, cuando se vio mucho ángel por las calles y los mataban como si fueran cisnes infestados de fiebre; por lo que le dieron la medalla ] Tampoco la universidad dijo algo. Sus profesores, repantigándose, ebriosos, oliscaron y pasaron al habitual acto consistente en desollar libros frescos. En tanto el Alcalde optó por resignarse a mirar a través de la ventana de su municipio. Silencioso ha de estar haciéndolo cada mañana, como un almuecín cesante, porque el bonete negro permanece. Y quizá cuánto tiempo lleva entre las hojas secas de la esquina puesto que desde entonces nadie distingue la calle de la Realidad ni la de la Memoria [ por una fluyen los sueños del día y por la otra, los de la noche ] No muy diferente es la suerte del jenízaro, que sombrío, mordido por dentro, en vano espera hallar con sus colegas de la Sociedad Literaria, la forma de deshacerse de la imagen del sombrero cónico que se mueve con la brisa huraña de aquel mediodía y con el aliento de sus temores. Eso en cuanto al bonete. Del códice poco o nada se sabe. Se dice que fue arrojado al estero Las Toscas, que las aguas lo arrastraron hasta un gran río, después el mar, una red, un bote, una playa, una carreta por los montes santacruzanos, una sombra, un zaceo, una brusca desavenencia entre los bueyes, el libro salta a la hierba, despacio palidecido por el silencio de la Luna, luego un ave o bien una mano del aire, y alguien que ha de haberlo visto ir deslizándose por la ribera de un arroyo al mimbreral del canastero [ por Dios, no olvidéis al noble artesano amigo ] quien al cabo pudo tejer [ con las líneas nocturnales ] sus cestas imposibles. Un buen fin para esta lectura, ciertamente. Sin embargo la historia sigue, la trama de suyo es inacabable. Y como sea [ ilusión, suceso, letras o fantasía ] hemos de aceptarla como verdadera ya que siempre se dice; y siendo así, ¿qué palabra puede ser más que ella misma?
La muerte del amor
Después del amor uno asciende por la escalinata espiral hacia la luz hojeando [ terrible y risueño ] sus manuscritos a ver si en una de las palabras hay visos del fuego, dejos de la ilusión o algo de la humedad de los labios o de los ojos y no sólo el eco que es la voz de la Nada. En vano buscamos hacia adelante o hacia atrás en el ansia de entrar en el sueño o de reanimar el amor muerto. Las palabras ahora son mera lectura. Oraciones, sintaxis, sujeto y predicado. Corpus nominal de una de las tantas circunstancias de la vida de un individuo, las que bien pueden ser reales o inventadas, es lo que nunca se sabe, en todo caso, sobra, pues, ¿a quién podría importarle? Las palabras [ las personas ] son bichos que se alimentan de palabras. El resto [ con desgano os lo recuerdo ] es carne de la vieja Zoología.
24 de agosto de 2007
30/06/2007
Noche de San Juan en Santa Cruz ( Cerro Apalta )

Aquella noche de junio, alumbrados por la Luna, bajaban por la colina llevando al hombro sus hoces argentadas [ especie de anclas fundidas en agua de pozo bebedizo ] y sus escobones, azulados por el hollín de la soledad de la cima. Su labor era armar los almiares con las plumas segadas para los edredones de los sueños y abalear los resplandores de la cumbre. Traían los ojos oscuros, los labios apretados por cuyas estrechas comisuras echaban el humillo de sus cigarros de hojas de dulcamara selênitês, arbusto que crece en las grietas encaramadas y que desgranan sus frutos parecidos a las luciérnagas cuando es Luna nueva. Una de las siluetas dicen murmuró entre los espinos el dulce nombre de la muchacha. Los que iban cerca aseguran que en ningún momento desentumeció los labios, que lo único que se oyó fue el graznido de una lechuza y un aleteo imaginado. Ni siquiera cuando el puñal que vino del lado oscuro a hundirse en su espalda, se le oyó emitir quejido. Incluso, tirado ya de bruces en una grada de la falda del cerro, sólo se veía salir debajo de la cabeza, el tufillo de la última chupada de su cigarro. Ninguno se detuvo más de lo indispensable, precisamente lo que ha de haber durado el asombro [ nadie, por hombría, quiso pensar para sí la palabra espanto ] Todavía sintieron algo; fue el desasosiego de los cóndores encaramados en los filos de las rocas mudas y severas. Mucho faltaba para el alba, así que la Muerte tuvo toda la santa noche para velarlo. Bajaron brincando por el faldeo, corriendo, buscando la umbrosa morbidez de los callejones de la población, sin embargo en la memoria de esa nocturnidad, la huida nunca ha dejado de ser lenta, espesa, morosa. Es como si una mirada sin pestañear la retuviera, una mirada que buscara distinguir entre aquellas sombras huidizas, la que lleva de la muerte, el nimbo delator.
12/06/2007
La muchacha de la ventana

Wer, wenn ich schriee, hörte mich denn aus der Engel
Ordnungen? RAINER MARIA RILKE *
* ¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas?
04/06/2007
Jorge Luis Borges
He soñado con un poema cuyas palabras no reconocí al releerlo después en la biblioteca, pese a atreverme con el nombre, el que se me apareció en la mente en cuanto abrí los ojos [ acaso un truco de la consciencia para rescatar lo soñado ] Su nombre, cualquiera que haya sido, no estaba hecho de las palabras del uso sino de aquellas del acertijo, cuando en el mundo se hablaba para venerar al Silencio. Al observarlo, las letras del título [ abiertas a lectores de diversas lenguas ] giraban sobre el corpus verbal invitándome a ver su luz íntima. Seducido, parado en su atrio, entraba yo por una puerta y me iba por un largo sueño que acababa en el mismo atrio, ahora ante un postigo*, de suerte que en este sorpresivo laberinto salía yo de un sueño y luego entraba en otro, como en una constante Epifanía. Al fin, extraviado, la luz implacable del nuevo día me salpicó los párpados, abrí los ojos. Seres, cosas y ambientes se recogieron apresurados a través de mis pupilas a la secretísima residencia, dejándome solo en la hoja blanca de la mañana, solo y afligido ante la irreparable pérdida: ¿Era ésa la rosa profunda, ilimitada, íntima, la que el Señor nunca mostrará a mis ojos abiertos?* Postigo: Puerta chica abierta en otra menor. || Según el autor, más que una frase, un texto que se inserta en otro formando sentido por sí solo. || Signo que indica dicha intercalación.
28/05/2007
Como si estuviera detrás del nombre
De un único modo ha de haber sido la fascinación del europeo al llegar a este sitio [ por aquel entonces valle innominado ] al que todavía lo rodean colinas y montañas, lo enverdecen bosques, lo mojan ríos y riachos, lo alumbra este cielo, lo refrescan estas nubes y lo alegran estos pájaros, elementos a los que se les fue dando nombres aun cuando no han extraviado la mismidad [ lo reconoce la intimidad atávica de cualquiera ] Asimismo el Sol de los días y la Luna de las noches. Y de ningún modo ha de haber sido otro el asombro de los primeros erradizos que venían desde el Norte, por el borde del continente, y desde el Oeste, por los flujos del océano buscando la estancia deliciosa. ¿Es que podría ser distinta la impresión de la andadura al hacer alto en medio de las espesas hojas, las vertiginosas aguas, las tupidas cumbres y los extraños gritos? Porque si l’alma se arrebuja dentro del pecho cuando los ojos del trashumante contemplan la feracidad y la hermosura del paraje, se reconoce seguir siendo lo de siempre. Como me lo contaba el cabalista de un sueño: «Es que se enmalece a causa de la saliva del nombre. La Tierra Prometida es un lugar callado, sin geografía, sin época». Agregando, mientras se apagaba su voz [ por el alba sería ] que el anhelado lugar sale al paso en cualquier recodo [ como el Mago en las vueltas del camino ] y se mete en la médula, en el olfato, en el paladar, en la retina y en el ánima para hacer del colono a su imagen según la manera de Dios, como se hacen los adobes, los cántaros y las escudillas. Y lo hace con tal arte que pronto, una vez instalado, el colono anda hablando la lengua herbosa habituada al aliento salvaje, al zumbido y chirrido de dípteros y coleópteros, a la lluvia y la sangre, al viento y las babas de la muerte viva, que es un amasijo de colmillo, cuchillo, semilla y sombras, y asombro y espíritus, eclipses y luces y bayas amargas de árboles estériles, los del llamado Desamparo. Pues no de otro modo ha sido la vida por estas tierras. ¿O es que la imagen silvestre en la retina, el pálpito de la sangre excitada, la emoción dilatada en las narices y el zumo verde y rojo en el paladar pudieran ser distintos siendo el eje de la Tierra y la médula de la especie humana los mismísimos? ¿O es que el tiempo, las romerías y los castigos podrían devastar la gracia del Verbo, su don divino? ¡Que ni se piense! «El solar prometido es el lugar innominado que lo halla a uno», me pareció oírle decir al cabalista antes de disiparse en la blancura del alba. Después [ después que ingenio y músculos han levantado los palos, los cueros y los ladrillos ] se toma tinta y se le registra en la crónica, y así sea una mano la que escribe las primeras páginas, es la misma mano del Génesis, porque tampoco de otro modo se asiste humanamente a la virginidad del sitio. Es como si faltara poblar de palabras la nueva morada para que la tierra prometida sea real.18/05/2007
La episteme de los ángeles
Dejo esta casa de Chillán por una de Santa Cruz justo cuando los árboles se desprenden de las hojas porque el otoño reduce el lenguaje de las estaciones apasionadas a un aire sereno, quieto, que se percibe entre las ramas desnudas o alrededor del tronco o sobre los tejados o bajo las alas de pájaros oscuros o en la frente donde se refleja la Luna de la tarde, pálida, borrosa, húmeda, fuera de hora, como la vida mía cuando mudo de casa y ciudad siguiendo las aves migratorias que van hacia el Norte [ se sabe que yendo al Cielo no hay Norte fijo pues a la rosa de los vientos se le confunden los sentidos por culpa de los aleteos de los ángeles que ayudan a desprendernos de amigos, calles y casas con patios, además nos dejan un oído en los párpados para que reduzcamos la percepción a la leve lengua de la brisa ~así Dios tiene el habla~ libres de la ignorancia llamada Episteme, impresionante en los grandes vuelos, aunque fatua e innecesaria ] Y si queréis enteraros de las plumas que llevo, mis alas son el dolor y el candor. Dolor por la ingratitud de mi ciudad y candor por seguir siendo bueno. Mas no me quejo, que en buen momento ahueco alas [ me lo dice la maduración de los frutos ] pues a la luz de la Luna vespertina l’alma mía da vuelta las hojas de otoño de un libro que hace un tiempo he estado escribiendo en secreto, no a vuelo de pájaro, sino de intuiciones que son otra clase de ángeles. Dios, y sobre todo los brujos voladores que me antecedieron, lo han querido [ vibra llena de gracia, mi mano] Mas tened cuidado al leer sus palabras, fijad bien que su tinta no es la originaria ni ellas las manuscritas, ni siquiera su rastro, las auténticas son invisibles a vuestros ojos profanos, salvo si venís conmigo en la bandada.02/11/2006
En el linde de los hemisferios celestes

En algún momento del viaje, cruzaríamos el incierto linde solar de los hemisferios celestes. Para verlo había puesto toda la vigilancia en los relojes. Sin embargo, nuevamente lo sentía escurrirse en los pocos segundos que dura la conjunción de la rotación de la tierra y el vuelo. Era una inesperada niebla por los costados y una nube extensa, espesa y gris debajo del avión, sobre el Atlántico, las que me lo negaban.
Me recosté en el asiento y cerré los ojos, decepcionado, aunque sólo por un instante. Al abrirlos, vi en la ventanilla, la noche sobre el extenso cúmulo. Mientras en la del otro lado, veía el alba de oriente, pálida luz derramada sobre la ennegrecida nube.
Giramos, levemente, y en algún momento del efímero tránsito, en la punta del ala brillaron los primeros rayos del Sol de la mañana.
¡Qué visión de dioses!
Sin embargo humana, porque el ánimo [ aun cuando se hallaba maravillado ] seguía estando en el linde de hemisferios contrarios, en el diálogo de las dudas y las certidumbres, marcado por el profundo rastro de idas y venidas, mientras el avión rutilaba en la claridad que nos traía hacia la hermosa vieja Europa.
Lilla Essingen, Estocolmo. 02 Nov. 2006
Como olvidado por Dios
Esta tarde nuevamente he andado solo. He visto el Sol, el vuelo de los patos silvestres, el paso de una nube hacia el Mar Báltico y la caída de una hoja de arce, la misma que vi caer del árbol frente a mi casa de Chillán, antes de dejarla. Algunas personas se me han acercado y me han hablado. Yo les he respondido con lo único que me queda: esta mirada. Después anduve por placenteros lugares y calles cuyos nombres reconozco adonde vaya: Libertad, O'Higgins, Claudio Arrau, Carrera, Dieciocho, Plaza de Armas. Al llegar a este último lugar, alegre me sentí porque me salieron amigos al encuentro a abrazarme. Me decían: «Harold, ¿qué te ha ocurrido?», porque ellos sí que sabían leer en mis ojos. Entonces yo les respondía: «Es que no puedo hallar mi casa». Asombrados me miraban. Y cuando se disponían a darme las señales, ya era noche y ventisca en Estocolmo, por lo que tenía que seguir mi camino a tientas, ciego, ciego, como olvidado por Dios.
Lilla Essingen, Estocolmo.17 Nov.2006
Si esta noche sueño contigo
Si esta noche sueño contigo, mi amor, quisiera pedirte que nos detuviéramos por un instante a contemplar el dormido; darnos tiempo, acercarnos, que le susurres terneces; no estaría de más que le pasaras la mano por el cabello mientras yo le acomodo los cobertores y la almohada; incluso, si tú quisieras, podrías, ya dispuestos a salir a dar nuestra acostumbrada caminata nocturna, besarlo en la mejilla o en la frente, en gratitud de nosotros dos. Después, tarde después, cuando hayamos regresado, antes de despedirnos en su huerto, antes de disiparnos,podrías esperar, quedarte un rato más [ amor ¿qué es un rato en el sueño? ] para acicalarlo, secarle el dorso, los brazos, pues húmedos estarán de la celeste niebla. Es que quiero que lo acompañes a cruzar el alba, a entrar en el día, pues su vida está hecha de tu visita en el sueño y mi vigilia.
Lilla Essingen, Estocolmo.18 Nov. 2006
El cisne
Hoy el Sol pasó lejos de la ciudad, por sobre los campos,pálido, agripado. Una brisa se levantó, me sacudió los cabellos, tuve que apartármelos de los ojos. Los arbustos encogieron los hombros. Las leves olas del lago venían hasta a la orilla, a marcar sus celosos lindes. La Luna apareció detrás de una colina, ni siquiera esperó a que el cielo estuviera completamente oscuro. Ahí estaba, un seno que a la noche se le había escapado de la blusa. De pronto resplandeció un cisne. Su blanco plumaje él lo desplazaba en la tersa y azulosa agua del lago, encogido el cuello, como poniendo la interrogante en medio de la retórica.
Lilla Essingen, Estocolmo.19 Nov. 2006
La mano del Mago
Mi mano, hecha un cuenco, la he sumergido en el lago y la he sacado rebosante de agua. Al acercarla, veo en ella el cielo de otoño, en el cielo de otoño, una nube, y en la nube, una ligera, trémula, cimbreante rama de arce vestida apenas con una hoja. No saciaría mi sed ni que me llevara siete veces el cuenco a los labios. Cuando voy a dejar escurrir el agua por entre los dedos, veo a mi Eva que se baña en la íntima poza del lago de la mano. Un brisa siento venir por entre los troncos de los árboles. Pronto caerá la última hoja de otoño.
Lilla Essingen, Estocolmo. 22 Nov. 2006
24/09/2006
Vicente Huidobro en el fondo del despeñadero

Una voz sube del abismo.
Habla como si quisiera emigrar en bandadas:
Palabras, palabras, palabras. Las que no vuelan, las que no andan, las que no reptan. Las que sólo agrandan la soledad con el modo de ellas de extender las alas, porque altos son sus vuelos pero sólo en los sueños.
Poeta, ¿es que nunca antes habíais estado parado en el fondo del abismo?
Ahora que habéis bajado y que preguntáis por vos a través de la ocarina de vuestras manos, ¿qué os parece?
Palabras, palabras, palabras ciegas que se azotan en ciegos vuelos por las paredes de la hondura.
Y mutiladas, y sordas, las veis caer mientras se abre el abismo que habéis llevado dentro.
Porque ensimismado, ya no tenéis ánimo para preguntar por nadie más.
Únicamente el abismo habla en vos, y gustosamente quisiera emigrar como las bandadas ocasionales que llegan a las secas ramas de los árboles de los bordes.
Vano intento, Poeta. Nadie escucha el abismo.
Pues lo que digáis, desde arriba se lee vértigo.
Incluso el paso del que os pensasteis receptor, lo notáis por el puñado de tierra que cae en vuestro rostro, o por la piedra que hace rodar accidentalmente, la que da en vuestro pecho.
Poeta, vos no sois pequeño dios. Sois ángel caído, azor del Cielo.
Por tanto, ecos, ecos, ecos son vuestros sueños, y palabras, palabras, vuestra vida de nada.
Negarlo, sería negar de la Poesía, el hábitat.
17/09/2006
La Nada sueña conmigo

¿Cómo puedo decir he soñado sin que mi voz se pierda en el infinito repicar de sueños que deja la duda de quién es el que sueña? Ecos entumecidos de alba serían las voces de lo narrado a través de las innumerables esferas de la Nada.
Es que he soñado con un río que subía a la montaña contra la costumbre de este lado del planeta
«Por esta majada del mundo», me dije en un murmullo despabilado, «los ríos bajan de la montaña confundiéndose con otros ríos como el viento puelche que se confunde con las brisas del valle de Ñuble».
Fue así como me vino la duda, pues el ambiente de la noche recién dejada me parecía más real que el enceguecedor del día, y necesariamente tuve que aceptar que la costumbre es una palabra que uno ha oído alguna vez en algún lugar que bien pudo haberse soñado.
Pero, ¿en qué sueño, en qué recodo del peregrinaje?
No vale la pena insistir, pues es una interrogante que se contempla a sí misma. Ella es Narciso y fuente.
Aun cuando de ella he aprendido algo: nunca mis ojos dejan de estar abiertos.
O hacia el exterior, o hacia el interior, así no tenga sentido decirlo, pues en el espejo las palabras no tienen reverso ni anverso.
Como decía, he soñado con un río que subía a la montaña contra la costumbre de este lado del planeta.
Negada me ha sido la respuesta, y no hay cómo resolver la duda.
Mas no he cruzado en vano este escrito, pues gracias a él sé que la Nada es el espejo donde se vive.
O sea, nunca dormidos, aunque dormidos, y nunca despiertos, aunque despiertos.
La Nada sueña conmigo y yo, con el río.
17/09/2006
Los huesos del silencio
A mi hermano Luis Eduardo
De angustia parece ser el silencio, o de olvido, después de apartar de uno los ojos que nos miraban, o de abandono tras las exequias.
O de lo que deja la mosca al pasar por entre los vivos y los muertos.
O de solitario astro en la poza junto a la tumba.
Angustia he sentido después de cerrar el libro y de terminar mi escrito.
Y ahora, ¿al Cielo he de elevar la vista, al silencio de Dios?
¿Cómo es que leyeron en su página en blanco, los profetas?
Muertas están las palabras en la playa del Ser.
De angustia parece ser el silencio.
Mas yo continúo anotando lo acontecido en este día, porque ando escaso de sosiego y ruta y esperanza.
Y escribo como si juntara huesos de una tumba clandestina.
Eso es todo. O sea, mera angustia, o si queréis: únicamente silencio.
21/09/2006
Telología rústica
Al Santuario de Shoestant, Chillán Viejo.
Las primeras noticias acerca de los dioses, recuerdo haberlas oído un día de infancia, a la hora cuando la Tierra era abandonada por el Sol. Desde el estero subía una brisa ácida, pegajosa; revoloteaban murciélagos por entre las acacias polvorientas. Eran dioses vulgares, viciosos de chismes y supersticiones. Apenas se diferenciaban la vida y la muerte en los rostros de la tertulia. Tuve que encogerme, esconder mis huesos. Rota la realidad, la noche cayó completa y mojada. Me acuerdo que una luz de vela me iba alumbrando el paso tembloroso por cuartos y pasillos habitados por ánimas y susurros. Sonó una puerta, vi un patio, y en el patio, un árbol cuyas ramas se perdían en las sombras de la Luna. Lo que se me apareció en aquel lugar húmedo, no se distinguía bien; dios o diosa o ángel o sólo reflejo mío en el vaho que flotaba sobre el pasto. Lo cierto es que los dioses que vinieron después, algo han tenido de aquello: quietos, siempre, como con aire de olvido, pero prontos a huir de uno.
21/09/2006
09/09/2006
Mis manos sobre el oscuro teclado del silencio

A mi Florencia
Después de tantas palabras, la única lectura es la vacía palma de mis manos, cruzadas de líneas que, al fin, no conducen a nada.
Los dedos han dado vuelta páginas, sin embargo se ven como si nunca hubieran hojeado un libro.
Oh si yo hubiera sido como mis manos y como mis dedos.
Si los hubiera dejado escribir y cerrar los cuadernos, guardarlos en la gaveta del escritorio como diarios íntimos, pues siento que no me han servido para que me vieran, ni el hermano, ni el vecino, ni las muchachas que he amado.
Aunque no podría negar el placer que me dieron las palabras.
Mas el placer, ¿qué es sino únicamente yo mismo?
Y caen los dioses, caen los monumentos y las estrellas y las lunas de la poesía.
Se hunden las profundidades de la inteligencia del Hombre en su profunda vanidad.
Se desploman las torres, y ridículas se tornarían las maravillas arquitectónicas si en sus ladrillos no palpitara aún su argamasa de sangre.
Al fin y al cabo nos morimos y las olvidamos y nos olvidamos.
Mientras siguen cayendo bombas, muriendo niños y el hambre rondando con sus costillas nauseabundas, la agonía.
¡Qué desamparo ideológico!
Sólo mis manos están pletóricas de modestia y calma, como el mundo.
Mientras mis dedos siguen tocando ciegamente en el teclado oscuro cuya música ahora escucho.
La misma que escucha el gusano, el lagarto, el ave, la planta, el árbol, la tierra y la piedra.
La misma que escuchan los lejanos astros, los cometas esteparios, la luz que viene en camino y los dioses ausentes, aquellos iconos de piedra oscura.
Esa música que imagino ha de escucharse en plenitud en la otra orilla, la que por torpeza llamamos muerte.
Mas no quiero pensar en ella ahora, porque para aquel entonces mis manos sabrán soltar huesos y moléculas como en la siembra.
Solitarias,
silenciosas en el silencio,
porque el silencio es, quizás, la única certidumbre.
28/08/2006
La verdad en el amor

[...] es atroz pensar
que no se corresponden en nosotros los cuerpos con las almas...
FRANCISCO BRINES
Nada sé del amor porque nada sé de mi alma [ y de las almas con las cuales he dormido o he andado de la mano por plazas y calles agitadas de gente y automóviles ] De ella sólo he sentido su vaga presencia, su escurridiza facha, un soplo tembloroso moverse en mi cuerpo. El resto es pura imaginación, ensueño, mirada, olvido. Sin embargo he dicho amor con estas palabras, con las mismas que se oyen en las calles o en los bares o en las reuniones. ¿Acaso hay otras que no sean éstas las humanas? Vosotros que leéis este escrito, estaréis de acuerdo conmigo: Pareciera triste, triste no saber nada del amor, aun más cuando se ama o se cree que se ama. Porque el cuerpo se apega al otro, busca, lo fricciona, dolido de saber que es el impediente del amor, la causa de la ignorancia. Al fin, apagado el encendimiento, os miráis a los ojos, detenidos, brillantes, profundos como el cielo que calla. Entonces con la mano la rozáis en la mejilla, como si quisierais cercioraros que la imagen luminosa alucinada pudiera ser [ por un instante de gracia ] real, a sabiendas de lo que hallaréis en el rostro reposado en la almohada: suave piel, dulces pupilas, rojos labios apagándose. Tal es mi estado, sin embargo amo, amo, aunque nada sé del amor, una humildad que alienta mis besos, mis manos y la ternura de mi cuerpo. Es lo que sonriente me digo cuando voy de la mano de ella por las calles, contento del silencio que elegimos para decírnoslo.
24/08/2006
El árbol del tiempo y su sombra

Al arce de Avenida Brasil que veíamos desde del dormitorio del departamento de Avenida Libertad, Chillán.
Hoy he visto el tiempo, es un árbol plantado en la quemadura de las cosas, por el roce y las miradas [ las cosas desaparecen pero sus heridas coagulan, formando una, y es como un abismo donde además anidan aves escapadas de las palabras, voces sin lengua materna ] Y lo he visto cuando pensé en la muerte, aquel desamparo, esa ventisca que se viene encima, encaneciendo el aura que nos guarda como ángel sin alas. Arriba estaba yo, mirándome, como si hubiera llorado, incrédulo, solo, muerto por dentro, otro árbol, en cuyas ramas secas se posaban los recuerdos, encogidos por el frío y la violencia de la ventisca. Sin embargo un brillo tenían mis ojos: el sereno color de la nada, esa sombra del tiempo.
10/08/2006
Ahora Helena de Troya hace arder la Troya de Homero*

A los agresores
Humo sale de la primera palabra que escribo sin saber yo aún si es señal de guerra o fricción del tiempo o incendio en la sangre a la que se allegó un beso. Esto porque me he venido acostumbrando a la premonición de mis escritos de blog. Si no lo creéis, vedlo con vuestros turbios ojos: así me fue anunciado el amor, así mi viaje y así los gritos y las piedras del despechado que perdió a la princesa que había reducido a sirvienta. ¿Acaso vosotros no me quisisteis extranjero? ¿Acaso pensasteis que mis ideas eran las más peligrosas y no mi poesía? ¿Acaso no visteis el brillo mantenerse intacto en mis ojos cuando estuvieron nublados de lágrimas? Mis pupilas no son vuestros espejos sino del Cielo que alcancé en la sublimación del dolor de la carne, del alma y del desagarro de la historia natural de mi país. Amo, amo a la Helena de esta Troya hecha de patriarcas, desaparecimientos, matanzas y exilios. La amo, es lo que os he dicho en medio del martirio, y quiero que lo sigáis teniendo bien sabido. Y todavía más, contra mí no podéis luchar porque desde este momento la lucha será entre vosotros mismos y en vuestras consciencias. Y concluyo, humo salió de la primera palabra y humo de la última que escribo, pero este humo es como del incensario, porque ella y yo ya nos desposamos en mi cuarto, sin más guardianes que la lluvia y el viento en los vidrios de los ventanales, siendo la estufa y ellos los mejores testigos de la intimidad de los besos, los abrazos y las sábanas. Y no hay otro Homero que se las cuente que yo mismo, porque ésta ha sido otra Troya, aunque probablemente sea la misma Helena de un constante ahora.
* Este texto fue escrito el día 4 de agosto. No lo puse en mi blog por andar en otras ocupaciones. El asalto a mi hogar, el vandalismo que cometieron los cuatro agresores y los golpes que me propinaron durante aproxidamente una hora, antes que llegaran los carabineros, ocurrieron el día 6, entre las 05:00 y 06:00 hrs. Ellos venían por ella, sin embargo ella prefirió quedarse a vivir conmigo.
19/07/2006
En lo profundo de mi alma errabunda florece su nombre

Soy un alma errante alojada en un cuerpo que a pesar de ser delgado, atrae a ciertas mujeres. Estas mujeres son los seres más hermosos de la tierra, pues no son hechas de costumbres sino de intuiciones, esas ternuras de las cuales se compone el mundo que consiste en saber que ciertas personas no son de ninguna época, según es mi andadura. A veces son manos que me acarician el rostro, o toman la mía para sentir los latidos del cosmos debajo de su blusa. Y si no son manos, labios rozadores de mis labios, mi cuello o mi dorso. Hoy fue amor desnudo, yo sólo tenía que poner palabras a todo lo que se sintiera. Después me dejó en la esquina con un beso, efímero acto alumbrado por un extraño Sol de invierno. Los vehículos corrían presurosos como si siguieran la rotación de la tierra; temblaba el aire y temblaba yo como un junco en la orilla del río, lleno de ojos y oídos, acosado de músicas y tiempos lejanos cual aves en cuyas plumas crepitan imágenes o inauditos silencios. Se movió mi cuerpo del lugar, daba pasos, pisando quizá el cielo azul o la tierra oscura o el vacío que dejan los segundos en su desplazamiento, sólo que mi alma se puso tristísima porque comprendía una vez más que su sino es errar en un constante ahora mientras el del cuerpo es solazarse con lo perecedero. Por eso estas letras –me digo al escribirlas en casa– debiera yo borrarlas, como Jesús hizo con los trazos suyos en el suelo, por inútiles, porque el alma no deja huellas, ni en las manos, ni en los labios ni en el cuerpo, por muy hermoso que sea el amor, aun cuando ya sabía la mujer radiante que me amó esta mañana, que en lo profundo del alma errabunda florecería su nombre, así como en la suya ciertos placeres inolvidables.
12/07/2006
Hora vertical

Dormido, sentí durante la noche caer nieve en el alféizar de la ventana, mis ojos desde esa estancia vaga decían ver cubrirse de copos los arbustos y las ramas de los árboles, los cantos de los muros y los gorros de lata de las chimeneas, así que el otro Harold se levantó, se puso la botas forradas en lana, el gorro, la bufanda y el abrigo negro de la identidad para protegerse de la blancura totalitaria. Luego le oí decir en sueco: «En este lugar no existe el tiempo y las cosas se metamorfosean de acuerdo a los estados de ánimo». Naturalmente de este lado se lo oí en castellano, y al abrir los ojos y descorrer las cortinas, el agua caía en el alféizar como quien baldea un sueño mientras el otro Harold se esfumaba en la blancura de la mañana y del olvido, aun cuando me pareció oírle murmurar: «Un poco más alto, Harold del sueño, que apenas te oigo».
10/07/2006
La herida de don Quijote

La palabra brota de la boca como la rosa del vaho verde de la tierra, al alba, a la hora confusa del manchego. La palabra tuya pudo haber sido rosa blanca, entonces habría seguido en las aventuras de amor en que me embriagaba cuanto más leía en tus ojos verdes, y en la comisura de tus labios y en el roce de tus manos por mi cuello y mis piernas, sin embargo preferiste acercarme la espina de tu ayer de amores sólo para herirme, y ahora ves, no es blanca la rosa de mi locura, sino la roja encendida y ardua del amor que recupera el juicio. Con gusto rompería mi escudo y mi lanza en la roca de tu corazón, pisotearía los pétalos que nacen de mis dedos para esta rosa digital, porque claro he de decirlo: donde hay gigantes, hay molinos, donde hay bandoleros, hay víctimas que resisten el desamor de imperios y reinas fregonas como tú, y donde se ha visto locura, véase lucidez, lucidez que duele como la luz blanca que arroja del buche el desencanto. Después, y lo digo por ahora, que vengan escrutinios y quemen mis letras, las escritas y las por escribir, porque muero. Muere otro lúcido que vivió loco por ti.
07/07/2006
Infidelidad

Siento celo de mi mano porque te ha tocado y en silencio sola se solaza, desde entonces no es la misma, la infiel, cuando duermo, sé que no es ya la vollerista de mis sueños, todo lo hace por rutina, por servicio, la he sentido al pelar una fruta este mediodía y al tocarme en la ducha.
Esta tarde me la besaste, sin embargo sentí como si a otro hombre besabas.
Por eso esta misma tarde he venido al ciber a escribir estas líneas, y he fracasado porque cuando quiero escribir mano, ella escribe mano, y si quiero silencio, escribe silencio, y si quiero escribir infiel, cínicamente escribe infiel, sin turbarse. Se guarda la poesía para cuando tú la tomes y te la pongas debajo la blusa, cerca de los senos, porque tu corazón y mi mano ya se entienden a las mil maravillas.
Qué solo estoy esta tarde, mis letras ya no me sirven, salvo las dichas por mi boca, las que todavía te gustan, así que con ellas te rozo, con ellas subo a tus ojos y bajo a tus labios.
Pero tales licencias a mi mano no le importan, al contrario, creo que de mí se mofa.
Tengo mucha rabia con ella, aunque lo disimulo cuando me las enjabono y desatiendo sus secretas lágrimas en el chorro de agua de la llave.
Amor, no me dejes de lado por ella.
Une aube affaiblie * ( Un ave de mal agüero )

Senía, al amanecer, el viento a estrellarse en los vidrios de la ventana, oía su resuello; sigiliso me levanté y descorrí las cortinas; se trataba de una enorme ave boba, puro frío, alas rústicas, sin expresión en los ojos, que se alejó dando tumbos, silbando por los techos de los pisos inferiores del edificio; era, sin duda, un ave de mal agüero. En las afueras de la ciudad, aún estaban encendidas las luminarias; no cesaban de titilar esas velas de neón, ensimismadas en la incertidumbre; en cambio, hacia la montaña, la débil oscuridad palidecía en el gris del alba, desde donde bajaban tiuques por las corrientes de aire hasta el campanario de la Iglesia Santo Domingo, uniéndose a los treiles que graznaban como si quisieran espantar el ave boba que volvía y revolteaba por la ventana, en tanto comenzaba a teñirse de arrebol mi cara en el vidrio.
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* "Un alba debilitada", es el primer verso de Soles ponientes [ Soleils couchants], de Paul Verlaine.Es en realidad una metáfora de la mujer. El alba aparece como una alegoría de la mujer, una alba pródiga (aunque debilitada) que vierte en abundancia sus prodigios en los campos, según se describe en los versos siguientes del poema francés. En mi texto, en cambio, esta imagen, tras una noche de tormentas (el viento podría ser imagen de un mal sueño), representa a la nueva mujer amada en la vida del hablante, la que le "prodiga" inquietudes más que beneficios.
Soleils couchants
Une aube affaiblie
Verse par les champs...
Poèmes Saturniens
08/06/2006
Para un corazón que se aburre, ¡oh el canto de la lluvia!

Il pleure dans mon coeur
Comme il pleut sur la ville;
Quelle est cette langueur
Qui pénètre mon coeur?
PAUL VERLAINE
Y se ha desplomado la lluvia a mi regreso.
Un agua marrón corre por las calles arrastrando hojas de arce, reflejos de luces y nubes, nubes que llevan pasajeros que miran a través de las ventanillas la lluvia correr por las calles en sombras; hay sombras de acuarela guarecidas en los portales, y echan nubes de las bocas tras aspirar sus cigarrillos mojados, y mientras más agua sigue cayendo desde el Cielo, ganas dan de decir a la lluvia: «Larga ha sido la vuelta, hermana, ¿eh?» Y todo esto mientras la gente resguardada en sus paraguas anda de brinco en brinco por aquí y por allá. «Como cornejas», me digo con mucho ánimo, al punto que casi pierdo el equilibrio por esta metáfora extranjera, y llueve y llueve, mi Dios, por fuera y por dentro.
23/05/2006
Ulises tiene los ojos tristes por la niebla
Volver a la pequeña patria tras los años de exilio, puede resultar una odisea acabada en farsa, si del nido de olivo se hizo leña.No diré que la mía lo ha sido en todos sus actos, pues acabo de llegar a mi Itaca, pero algo de ella me ha sido infiel.
Se trata de la niebla, recordada tan limpia, tan íntima y tan sana como una bufanda de alpaca.
Su abrigadura sería lo primero en ver desde kilómetros cuando me aproximara a la ciudad natal en este invierno de sur de Chile.
Por eso reservé el primer asiento, al lado derecho del conductor.
Oscurecía cuando entramos al puente.
El caudaloso río Ñuble de ayer, era ahora un lecho de piedras.
En la mente vi las zambullidas de los cuerpos semidesnudos de la infancia.
En vano la vista buscó los árboles donde sombreábamos.
Pasamos el puente, el autobús se detuvo en lo alto. Desde el asiento, vi las luces de neón difusas por lo que supuse niebla. En la memoria, recordé el brillo en las hojas de los arces, las gotas detenidas en las puntas, su huella de caracol en la corteza.
Está demás decir cómo es la memoria cuando se le habla de recuerdos, se toma la palabra, quiere recordarlo todo.
Sería presumir si dijera que era mi voz siendo ella la que decía el paso opaco por la vereda cubierta de hojas húmedas y el ruido denso de la corriente del tráfico de vehículos por la avenida. Como suyos los suspiros de infancia y adolescencia por las calles, bajo las sombras de arces [ edades de ojos tristes, húmedos de niebla y amor ].
Porque triste, triste, triste era entonces el viento lento que venía de los vacíos del aire dejado por la muchacha desdeñosa.
Definitivamente fue lo último que le oí añorar cuando bajé del autobús en el terminal
Ahora era el corazón el que latía en la palma de las manos, mientras corría sorpresivamente una lágrima.
Tosí al agacharme a recoger las valijas.
Tos, tos...
Tos de los pulmones y tos del alma.
Debí apurarme a sacar el inhalador para sosegar los desgarros de los bronquios. También debí recurrir a las gotas para los ojos usadas en Estocolmo contra los efectos del polen de los abedules.
Decepcionante era tener que aceptar que los pretendientes de mi Penélope la habían corrompido con el mal humo de sus corazones, donde queman la naturaleza de los montes, los nidales de la niebla.
Niebla era, hoy, bruma. Niebla era, hoy memoria.
Niebla triste en mi corazón en el retorno.
Pero ya, primero iría a casa a dejar el equipaje, después saldría a buscar a los amigos.
¿Me reconocerían en una ciudad ciega?
Argos se me acercó, flaco y suturado de garrapatas, seguido de otros perros vagos.
