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24/04/2007

Las calles vagas

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Bajo por Drottninggatan hacia el centro, a la placita Sergel, funcionarios suben, vienen o es impresión mía pues de ilusiones estamos hechos, la dudosa certidumbre se me presentó al alba [ justo sería preguntar por quién es el que lava el cuerpo, lo viste y lo desayuna ] entonces he de advertiros que las líneas de hoy han de considerarse parte de la ilusión, ni siquiera un monosílabo de lo escrito contiene pizca de realidad, partiendo de la oración de inicio, porque si los suecos suben por Drottinggatan a los restaurantes a la colación del mediodía, a esta hora [ suponiendo que en el papel donde registro la crónica existe la convención llamada tiempo ] leed en todo sólo palabras, y las palabras, si no lo habéis olvidado, sueños son, y es lo que me desarraiga y extranjeriza, porque a ellas se reduce la vez que bajaba por Avenida Collín de Chillán mientras subían los chillanejos a comer la colación de las doce, orillando el estero Las Toscas, junto a mí pasaban [ presumo que lo hacían ] con sus palabras chilenas como en este momento los suecos con las suyas innecesarias ya de traducir por cuanto en mente los objetos nombrados son siempre los mismos, irreales, y si ocurre con ellos, ocurre igualmente con las vivencias y las circunstancias, lo que me torna imaginado, aunque esta verdad incierta no me consuela ni sosiega pues soy el consciente, el testigo de la ilusión, el aquejado de angustia, angustia que se ha alojado dentro del pecho, corcovada como imbunche de brujos de Ñuble o quimera de Notre Dame del París donde un día [ creo] bajé orillando el Sena por la rue du Cloître junto a los parisienses que iban a comer la colación del mediodía con sus palabras francesas, tal como han de estar sonando las palabras chilenas junto a mí por Avenida Collín de Chillán [ un ahora de ayer, se entiende ] aunque yo no termine nunca de bajar por Drottninggatan, si es que es la calle que digo y si importara en qué lugar del planeta ande y baje y si llegaré algún día al centro o a algún lugar, ¡y cuándo!

24/04/2007


Avispero

A tientas, taciturno, bien podría hallarme en un sueño, muerto no estoy [ nadie asegura la sobrevivencia del alma, tal vez se pudre con el cuerpo ] la realidad está detrás y debajo de las palabras, los poetas la alcanzamos friccionándolas una contra otra en sorprendente magia, torbellino son en estado silvestre, inútil es pensarse perennes formas por más que la Academia de la Lengua las almacene en grueso volumen semejante a insectario, en su mundo todas las puertas están abiertas, el aire, la luz, y el día entran y soplan, levantan los papeles, los desparraman, el caos es su carácter, y la relatividad y la ambivalencia, y tan proteicas que podéis estar observando una de ellas y de pronto la veis transformase ante vuestros propios ojos, necesariamente se tiene que andar a tientas; mas no se olvide: cada uno de nosotros es un nombre, la consciencia es un avispero de vocablos, como en el amor donde los cuerpos se buscan, se besan, se abrazan, se revuelcan, dejándonos fuera porque del verdadero goce hemos de conformarnos con las apariencias, es decir, susurros, arrullos, murmullos, al fin de cuentas, palabras, palabras, palabras.

28/04/2007


El otro

Son las 6 de la tarde en los relojes de los andenes del metro de Estocolmo, en la plataforma comienza a apretujarse la gente que viene descendiendo por las escalas mecánicas de las diversas entradas, es el momento en que se pierden los encantos individuales porque el grupo social en masa es feo. Se oyen altas voces y en las paredes, grandes afiches lucen su propaganda, y no cesa de afluir gente, aunque el trajín de los trenes reduce poco a poco el hervidero de termitas humanas a sólo aire, al aire sucio de los olores. En un banco, un alcohólico, en sueño biforme, de sí mismo se olvida. Oscuro se ha puesto el mundo. Afuera, o arriba, en el exterior, las calles se ensanchan, un vehículo pasa rodando, despide el día. Es más de medianoche, desierta se ha quedado la ciudad, abandonada en el linde de lo imaginario y lo real, forzoso es preguntarse por el sentido de las luces, la razón de las veredas y los semáforos. Es la hora en que a ella arriban los otros, los que durante el día aguardan en el aire en estado molecular así como la latente vida que reposa esperando la propicia humedad o temperatura. Estas moléculas necesitan cierta dosis de morboso silencio y sórdido abandono para cristalizarse, entonces el éter se encoge como película de polipropileno caldeada dando forma a cuerpos que se le desprenden, y no es posible verlos sin lentes apropiados. Ellos se van por las calles, entran a los restaurantes donde son atendidos por bármanes de su misma intangible materia, taciturnos fuman, empinan las copas, beben el licor de la quinta esencia, otros bajan por las escalas mecánicas del metro donde se aglomeran en centenares en los andenes. Un tren viene rodando silencioso de ausencia. Se siente ahora el alba venir por la humedad en el ambiente. El tiempo se retuerce, los secretos seres comienzan a descomponerse, a desgranarse, a reducirse, desaparecen en el aire. La estación se ha quedado desolada, sólo el alcohólico dormido en el banco que en su delirio cree haber soñado con el País de la Nostalgia. Al alba la ciudad está como si hubieran pasado un paño húmedo por el asfalto, las hojas y los troncos de los árboles, por las paredes y las techumbres. Pronto reaparece la gente del día aglomerándose, sube por las escaleras mecánicas y bajan por las paralelas. La ciudad huele a metales, a golosinas, a cuerpos humanos y a metafísica, con todo, siempre se tiene la sensación de tener alguien al lado, respirando, y al no ver a nadie, se abre de nuevo el diario pero sin dejar de espiar oculto detrás de las hojas, al presentido, al otro.

30/04/2007

24/04/2007 00:59. Autor: Taller de Harold Durand. #. Tema: Primavera nórdica No hay comentarios. Comentar.


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